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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Reflejo residual

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Continuamente luchamos por escapar del ruido, del artificio, del estrés, de la polución o del trabajo. En esa huida algunos pueden optar por lugares donde solo gobierne el silencio y la compañía de los árboles, otros tantos por zonas donde encontrar la relajación entre cuatro paredes… y todos, sea cual sea nuestra búsqueda, viajamos a esos mundos apartados por la promesa de incorruptibilidad que nos ofrecen. Su abrigo incólume y su imagen honesta resguardan nuestros sentidos ante la perturbación. Cansados, acudimos a recibir su abrazo rejuvenecedor, pero ¿soportaríamos llegar y descubrir que nuestros rincones han sido mancillados y privados de su esencia?

 

Paseando por la naturaleza, unas veces corriendo, otras en bicicleta y unas cuantas andando, suelo toparme con significativos restos de la indignidad humana. Y no soy el único. Son arrojos triviales de nuestra necedad; veo papeles, botellas, latas, plásticos, sillones, ¡lavadoras!... corrompiendo el equilibrio de pinares y riberas, y de paso derribando las ilusiones de evasión de unos cuantos. Esta forma de arrebatar la belleza a estos espacios, de afectar seriamente a la fauna que los habita, es repugnante.

 

Tropezarnos en nuestros momentos de fuga con estos hitos de la inmundicia, exaspera. Y más cuando aquí no se está discutiendo sobre la necesidad de aplicar esta u otra política, ni de si está en conflicto una gestión determinada. De hecho ni siquiera existe debate posible. Estamos hablando de conscientes y desagradables destellos de nuestra cultura, una que no puede refugiarse en el desconocimiento y la ignorancia. Incluso un ser humano como el moderno, desarraigado, incapaz de identificar sus orígenes, es sensible al visualizar estas señales decadentes. El banal ejercicio de lanzar y/o abandonar una bolsa en un espacio natural, generando un poderoso contraste, genera cicatrices preocupantes tanto en el lugar como en el alma humana, máxime cuando debemos aplicar la aritmética de repetición a nuestros colosales guarismos poblacionales.

 

Ya no hay pasos únicos ni solitarios. Sea cual sea el lugar al que miremos ya habrá sido visto por otra persona. Allá dónde nos sentemos, otro ser humano habrá descansado. Los caminos están plagados de nuestras huellas; a las propias le siguen siempre otras tantas, y a los pocos días, unas cuantas miles. De ahí que sea crucial redirigir individualmente ese inagotable reflejo que acompaña a cada acción de nuestra raza y a la vez penar estos pequeños desaciertos tan deplorables y potencialmente perjudiciales. Si quieren no por amor, sino por el egoísmo de bienestar de cada uno.

 

Comentarios

caragato 21/06/2017 09:51 #2
Cuando veo algo bestial como una lavadora o similar pienso, y a quien se llama para que recojan esto? porque yo aquí en mi bici no... pero no tengo ni idea la verdad, supongo que al ayuntamiento, pero no sé el caso que me harán
luciano 08/05/2017 12:34 #1
Cuanta razón...

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