Bioética vacunal
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Marcos Pastor Galán
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Que no hay vacuna sin contraindicación o sin efectos adversos es sabido desde siempre. O al menos desde que entendemos las ciencias de la salud como ahora. Mi profesor de farmacología decía que “no hay ningún fármaco que provoque el bien sin provocar un mal, excepto la vitamina B12”. Terminaba añadiendo: “y esa excepción habría que discutirla”.

 

Aquel médico no quería asustarnos. Era una forma de mentalizarnos de que la práctica asistencial puede generar algún mal, de hecho, es muy probable que lo haga. Por ello debemos tratar de medir qué es o no necesario en función del índice riesgo-beneficio. Primum non nocere significa, en latín, lo primero es no hacer daño. En consecuencia a esta expresión tan habitual podemos hablar de los cuatro principios de la bioética: autonomía, justicia, no maleficiencia y beneficiencia. Los primeros hacen referencia a la capacidad del paciente para decidir y a ser tratado sin discriminación. Los dos últimos consisten en evitar hacer el mal y tratar de hacer el bien.

 

Aunque la beneficiencia y no maleficiencia parezcan lo mismo, es un error de comprensión. Como decía, la mayoría de actos asistenciales abarcan un componente negativo no intencionado, aunque sea pequeño. Pero como la intención no es el mal sino el bien, la balanza que evalúa el riesgo y el beneficio que tiene el paciente se hace positiva. Así se cumple la beneficiencia sin maleficiencia. Estos principios esto también se aplican a las vacunas.

 

Ninguna marca ha modificado el ADN humano, eso fue una demostración de bajo nivel de inglés conspiranoico. Porque lo que se decía claramente era que se modificaba al virus, nunca al humano. Pero alejándonos de las banalidades terraplanistas, encontramos multitud de quejas por una vacuna. Síntomas que nadie recordaba, salvo quienes se hayan vacunado periódicamente de la gripe o quienes hayan sufrido revacunaciones siendo adulto.

 

Dolor en la zona de la punción, cefaleas, astenia, somnolencia, fiebre, malestar general… El problema fue anunciar que no pasaría nada, porque ya dije que todo acto tiene un mínimo componente negativo. Los ensayos clínicos ya anunciaban todas las reacciones adversas, las mayores y las menores, incluidos sus porcentajes de incidencia. Aun así, se hizo el drama en las primeras dosis. El problema es que la cosa no está para rabietas, porque si leyésemos los prospectos de la medicación que tenemos en casa, se nos pasa rápido el conflicto con la vacuna.

 

El último caos ha venido con la famosa AstraZeneca y la posible formación de trombos. La realidad es que los casos han sido muy sonados a pesar de ser una parte tan ínfima que no se apreciaría en ninguna estadística de otro medicamento. ¿Hay que parar la vacunación? Sí, siempre que haya dudas. Porque una buena gestión es analizar la relación con el fármaco y la posible relación con otros medicamentos o patologías. Pero no se debe sembrar el pánico. Recordemos que también genera trombos el sedentarismo junto a los malos hábitos alimentarios y no se ve la misma predisposición a combatirlo.

 

A día de hoy, se cumple la no maleficiencia, la beneficiencia, la justicia y la autonomía. Ha quedado claro que todo eso que se decía en contra eran bulos. Sin embargo, seguirá habiendo quien monte un culebrón de una aguja pequeña, la misma con la que se pincha a un recién nacido y, por la cual, en teoría pasa el chip que dominará nuestra existencia. Al final, se deduce que Steven Spielberg se quedó corto con Jurassic Park y Back to the Future.

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