ROSA BONHEUR, pinta las Huellas de ATALANTA en el rostro del LEÓN
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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

ROSA BONHEUR, pinta las Huellas de ATALANTA en el rostro del LEÓN

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Desde el carro alegórico, los leones vigilan los Sueños de Libertad, acompañan a Cibeles para vestir a Hércules, emblema del Poema de Cid Campeador, vigilante del Jardín de la Hespérides, se advierte al león feminizado por Marc en el Jinete Azul.

 

Rosa Bonheur (1822-1899) sublimó los retratos de animales de Charles Le Brun (1619-1690) que, a su vez, remitían a las analogías y a la comparación fisonómica de G.B. della Porta, imágenes esenciales del siglo XVI. Los rostros de animales se humanizan, van más allá del símil, adentrándose en las emociones que Rosa Bonhuer desdobla en caminos enmarcados en la iconografía de lugar y de Tiempo, en la ambivalencia sagrada y profana que acompañan las trazas iconológicas del León.

 

El mundo salvaje, con el CID, se impone sobre el doméstico en la cima de los encuentros; Rosa, en un punto de inflexión que representa el Cid, pintura del Museo nacional del Prado, crea un cambio del hogar amable a la selva que, al tiempo, mira a león, que equivale a un retrato, como una transposición que enamora al espectador. Se celebra el poder los leones en la mitología, se rememora las auroras de Memorias de África.

 

Atalanta, cazadora de Arcadia, aniquiladora de centauros violadores, se fortalece gracias a su madre Osa, protegida de Artemisa, logra unificar la mujer osa con la dama león.

Atalanta, atleta que enamoró a Hipómenes, protegido de Afrodita que, con tres manzanas simbólicas, con ingenio, logrará cautivar a Atalanta.

Atalanta e Hipómenes, enamorados, convertidos en leones, ambivalentes, errantes, borran el rastro con la cola, ocultan las huellas de una amistad divina, de un afecto superior que une dos almas que determinan y conforman un Alma superior.

 

Desgarrados por los dientes exploran la paradoja del Sueño, de la vigilancia, umbral del más allá, símbolos femeninos de Marc, compañero mítico del cambio vanguardista; en su realiza, magnánimo, el Cid eleva la expresión del patriarca de la Casa para llegar al León de Venecia, ser alado que lleva a san Marcos, sin desplazar al león fantasmagórico del epistolario de San Jerónimo.

 

El León cumple, en las civilizaciones tropicales y ecuatoriales, la función del lobo, sol mediador del Tiempo, eje de la Esfinge misteriosa que arropa a la gran pintora de genitales de animales.

Rosa Bonheur admira a Poussin y Rubens, para llegar al ideal romántico de Gericault; dama enamorada mujeres, que presumió de marimacho, encontró en los animales sus aliados del alma.

El reino animal se unificó a sus lecturas, destacó la expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872) de Darwin.

Rosa deambula por la iconografía del arado para retornar a la danza de la muerte de Hans Holbein el Joven, surcos que enlazan con sus férreos ideales de libertad, sublimes en los rostros un reino animal que se reveló en el amor por su leona Fathma.

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