El arte de la palabra

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Durante años, las palabras que hemos elegido para conformar nuestra forma de hablarnos, de hablarle al mundo, han descrito la clase de experiencias que hemos vivido. Algo tan sencillo como una palabra o un silencio en el momento oportuno puede cambiar de inmediato la calidad de vida de una persona.

Las palabras transforman nuestra manera de ver la vida, y por lo tanto la forma que tenemos de movernos a través de ella. Una sencilla manera de entenderlo es esta: alguien golpea la parte trasera de nuestro vehículo alegando no habernos visto y nuestra reacción es instantánea, soltamos insultos hasta desahogarnos e incluso juramos muerte al enemigo. ¿Qué ocurre inmediatamente después en lo que a nuestro carácter se refiere?, ¿estaremos calmados transmitiendo esa misma emoción a nuestro acompañante o permaneceremos coléricos agravando aún más la sensación de pánico y ansiedad que producen los accidentes de tráfico?, ¿sentiremos paz a medida que transcurran las horas o trataremos con irritación todo cuanto nos ocurra el resto del día? La decisión de no controlar cómo nos sentimos en cada situación hace que las situaciones tengan el poder. El poder de controlar nuestros estados emocionales.

 

Si somos como la mayoría de personas, es posible que este tipo de situaciones siempre nos hayan controlado pero, ¿a caso vivimos mejor cuando nos volvemos indefensos y traicionados por los comportamientos automáticos guardados en nuestro subconsciente?, ¿y si al reanudar la marcha de camino a casa pinchamos una rueda, no irá sino aumentando la ira que sentimos despojándonos por completo de nuestro sentido común? La manera que tenemos de explicarnos lo que nos sucede afecta definitivamente a nuestra forma de entenderlo y cómo nos movemos, tanto en el momento en que sucede como a lo largo del día, de la semana o de los meses. El lenguaje se convierte entonces en algo muy poderoso.

 

Una vez comprendido el poder que tiene el lenguaje sobre nuestras emociones y nuestro comportamiento podemos empezar a cambiar algunos aspectos del mismo, cambiando así nuestra forma de experimentar las cosas. Es adoptar un vocabulario nuevo, lleno de palabras que maticen con exactitud todo cuanto nos ocurra para darle la fuerza que nosotros mismos queramos. Este es el llamado "vocabulario transformacional". Saber que decirse a uno mismo "estoy acabado" no es lo mismo que "encontraré otra solución" nos permite estar seguros de que desplegará ante nosotros todo un nuevo tapiz de comportamientos productivos que nos ayudará a que esa nueva solución se produzca realmente. Uno puede sentirse fracasado o desencantado, asustado o desafiado, petrificado o con esperanza por aprender a desenvolverse en función del lenguaje que haya decidido utilizar para expresar lo que le ocurre y cómo se va a sentir por ello.

 

¿Qué palabras utilizaremos para describir todo cuanto nos ocurre?, ¿disponemos de las que nos hacen falta para utilizarlas cuando nos convenga?, ¿nos arrastran hacia una actitud ridícula y desplazada o nos hacen sentir bien? No cabe la menor duda de que podemos haber estado eligiendo las palabras equivocadas y como consecuencia no obteniendo los resultados esperados.

 

Cambiar nuestro vocabulario no es fácil, ni rápido, y tampoco es cómodo, pero es necesario si queremos que nuestras experiencias en la vida estén bajo nuestro control. Es la calidad de la comunicación con los demás y con uno mismo lo que puede aumentar desde hoy mismo el nivel de placer, dominio y serenidad que extraemos de cada situación. Y lo mejor de todo es que es una transformación que se vuelve propia, sin dependencias de nada ni de nadie. Tan solo es cosa de nuestra propia elección.

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