La cabra
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La cabra

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Ya puede gobernar la derecha, la izquierda, el centro o los verdes dentro de cien años, que la verdadera reina del desfile es y será por siempre ella, la que más aplausos y vítores se lleve.

 

Ya pueden hacer sesenta tirabuzones los aviones, engalanar a los caballos de la guardia real como salidos de un museo, ponerse las ministras de punta en blanco y la Reina el modelo más “chic” del modisto más cotizado, que es salir la cabra y se disparan todos los móviles para inmortalizar el paseíllo que hace el animal más bello del mundo.

 

La cabra va sin afeitar, camina a su ritmo, sin medir los pasos perfectos que han ensayado durante semanas todos los regimientos. Es lista como un conejo y más poderosa que un león.
De madres a hijas se van pasando el testigo asumiendo la responsabilidad del día, de su día.

Año tras año saben que ocuparán fotos en la prensa, imágenes en los tabloides y serán el objetivo de las decenas de fotógrafos alineados a una y otra acera del Paseo de la Castellana.

 

A la cabra la molesta observar como el Bernabéu de Florentino sigue de obras dos años después, no entiende que la ministra más elegante sea de podemos, qué método habrá seguido Ayuso para adelgazar tanto y esa imagen del Rey y Sánchez con Almeida que parece que han llevado a un  sobrino de fiesta a ver el desfile el día de la nación.


Y los gritos de “okupa” y “traidor” y esa mujer que exclamó para el presidente “cuanto más alto más tonto” y los aplausos que fueron seguidos tras ese comentario.

 

La cabra pasa, ya que se lo advirtió su madre y a ésta su abuela y así llevan años…”tu oír, ver y pasear”, con los tuyos, los legionarios, los mejores y más valientes. Manga corta, pecho tatuado y esa sensación de que el covid ni ninguna otra pandemia por muy dura que venga podrá entrar en esos cuerpos de acero. Y ten cuidado, la dijo,al pasar cerca de Abascal que un día va a romper el botón de la chaqueta y te puede saltar un ojo o un cuerno. Y verás como la infanta Sofía estará sola echando de menos a su compañera de fatigas, que se encuentra preparándose en un colegio muy bueno de esos que preparan a Reinas, para que el día de mañana sepan idiomas y modales para representar a su país y no tengan la tentación nunca de agarrar a las suegras a la salida de las iglesias.

 

Y verás, la dijo, cómo, aunque tú eres la protagonista del acto siempre, por envidia nunca te invitarán al pasamanos, ni al cóctel de dentro, donde se hacen los corrillos en los que todos se juran que guardarán los secretos de lo hablado, menos Revilla, que a los pocos días será invitado en alguna tertulia y nos pondrá al día a todos los españoles.

 

Y tú hija mía, la mirada firme, limpia y orgullosa, que en nuestra familia nunca hemos tenido una cuenta ni en Andorra ni en Belice, que nuestra leche va a queseras de todo el país y no miramos si las manos que nos transportan y nos mezclan y nos curan o semi-curan o nos desnatan son de izquierdas o derechas, ecologistas o republicanos. Nosotras hemos nacido para servir al país, para compartir nuestro fruto y hacerlo llegar a las casas humildes y a los barrios poderosos, a los que vienen buscando un nuevo hogar y a los que piensan que solo a ellos les pertenece la bandera, el himno y la patria.

 

Por eso me pasa todos los años lo mismo. Es que en cuanto enfocan a la cabra, se me pone un nudo en la garganta y me entran unas ganas de llorar y encima veo a la Reina que cada año está más delgada la pobrecilla y veo al Rey, que tiene al padre tan lejos y a su sucesora interna y se me encoge el alma. Hala y otro año a llorar, que todos los años digo que no lo vuelvo a ver para llevarme esa sofoquina, pero luego llega el día y pongo la tele y en cuanto la veo salir, maldigo al feje de protocolo, que nunca se digna a poner una alfombra roja por todo el Paseo de la Castellana, para que camine y desfile el único animal que siente como suya esa fiesta nacional que nos debería unir a todos, sin estar pendientes de tendencias, vítores y chascarrillos. Posiblemente, la que más cerebro tiene, sin mover banderas ni probar un canapé. La cabra.

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