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Menudo Panorama

Pedro Santa Brígida
Periodista

Cuando la mascarada de la política es puro carnaval

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Vivimos días de carnaval, época ideal para desinhibirse, disfrutar de apariencias ajenas, de la mofa. Dice el diccionario que el carnaval es el período que comprende los tres días anteriores al miércoles de ceniza, el día en que empieza la cuaresma en el calendario litúrgico cristiano o católico, pero también lo define como una fiesta popular con mascaradas, bailes, comparsas, etc.

 

El carnaval es ironía, engaño, humor, alegría, desenfado, disfraces, murgas, coplas, desfiles, fiesta, y vida… Se puede aplicar a cualquier actividad social, también a la política, que cada vez se asemeja más a una representación pública teatralizada que a una actividad seria, reflexiva, tan fundamental para la ciudadanía. 

 

Hay que tomarse esta efímera existencia con una buena dosis de humor, es sano para el espíritu. Los problemas -los importantes de verdad- se presentan en cualquier momento de la vida, en ocasiones los ves venir y en otras te sorprenden tanto que te noquean. C’est la vie, que diría el clásico. Por eso, aprovechando el momento, no es mala idea disfrutar de un carnaval cada vez más arraigado en España.

 

La política es un arte, no todo el mundo vale para ejercerla, se necesitan determinadas cualidades, algunas de ellas relacionadas con lo carnavalesco. No es cierto que todos los políticos sean iguales, los hay de todo pelaje, como en el resto de la sociedad, son humanos y en general, todos ellos perdonan más los pecados de los suyos que los del contrario, como pasa en las familias y en todo tipo de colectivos. Debilidad humana en toda su plenitud y negación de la razón y la inteligencia.

 

Dejando a un lado la política nacional española -de la que hablaré cuando pasen los ya en desuso primeros cien días de cortesía parlamentaria-, personajes como Boris Johnson, primer ministro británico, Donald Trump, presidente de EEUU, Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa, Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, Kim Jong-un, líder supremo de Corea del Norte, por citar sólo a algunos de los que llaman más la atención, me trasladan al carnaval, al perenne show. Sugieren personajes histriónicos, exagerados y excesivos. Idolatrados y odiados a la par, son la demostración más gráfica de este carnavalesco mundo del siglo XXI.

 

Estos y otros muchos máximos mandatarios son protagonistas estos días de disfraz y cante, de burla. Abundan sus caretas y rimas en estas fechas por todos los carnavales del mundo mundial, son objeto de guasa y desparpajo. Es la manera de la que disponen los mortales comunes de reírse de aquellos políticos que levitan sobre la tierra y viven en otra dimensión.

 

Sigo la política con atención, la internacional, la nacional, la autonómica y la local. Leo, escucho y veo lo que dicen y lo que hacen unos y otros, los que mandan y los que aspiran a hacerlo, los más veteranos y los más novatos, los humildes y los encantados haberse conocido. En ocasiones, la mayoría desprenden cierto tic carnavalesco, saben burlarse de personas y situaciones sin esfuerzo, como si no se dieran cuenta, con naturalidad.

 

La vida, como el carnaval, tiene mucho de mascarada, de teatrillo, de impostura, de soliloquio. Muchos de los que se dedican al noble arte de la política deberían ser un tanto más sensatos, coherentes, rigurosos, tolerantes, pero entonces a lo peor no serían políticos… Al fin y al cabo, en ocasiones la acción política se asemeja a un continuo desfile de carnaval, repleto de personajes burlescos, que en el fondo y en las formas disfrutan de su momento de gloria,  eso sí unos más que otros.

Comentarios

P. Pinto 20/02/2020 11:46 #1
La política española es como el entierro de la sardina, un cortejo fúnebre más real que simbólico

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