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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

La escuela el siglo XXI

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El post de Juan Carlos López en Tribuna Valladolid.

Esta escuela no nos vale para esta sociedad. Los cambios sociales exigen cambios educativos. Necesitamos una nueva escuela para una nueva sociedad, una escuela que dé respuesta a las necesidades y problemas actuales.

 

Tampoco nos vale “innovación sin contrastarse”, ni una “innovación educativa de laboratorio” sin tener en cuenta la realidad diversa de las aulas.

 

Los cinco pilares que tendría la nueva escuela:

 

Uno, la estética física; dos, una nueva organización temporal y de recursos humanos; tres, una revisión de los contenidos y asignaturas cuatro, una nueva metodología, pero contrastada,  cinco, una pedagogía de cariño, que humanice la escuela.

 

Comencemos. Necesitamos Escuelas estéticas, por dentro y por fuera, que parezcan más un lugar agradable que una fábrica cuadrada.

 

La estética escolar, el cómo decorar los pasillos y aulas, debería ser un contenido a trabajar en nuestras escuelas de magisterio, que también necesitan adaptarse al nuevo siglo.

 

Hay que cuidar la decoración, el mobiliario. No podemos abigarrar las paredes, ni mantener posters amarillentos, o paredes llenas de grapas o bluetack o clases que parecen almacenes de fotocopias y trastos. Montessori decía que el mobiliario clavado al suelo es un tipo de servidumbre.

 

No podemos atender a la diversidad si un chico de dos metros tiene la misma silla que el de metro cincuenta.

 

Debemos aprender a transformar espacios como se esta haciendo a través del Proyecto REVER.

 

Desde la biblioteca de Alejandría las aulas universitarias han tenido una estructura parecida: un gran auditorio en el que uno se dirige a muchos.  Esto debe cambiar. Necesitamos aulas desmontables, hay que informalizar lo formal. No podemos dejar el diseño de las aulas en manos de los arquitectos, se están haciendo verdaderas aberraciones en los colegios por no consultar con los profesionales educativos, que son los que realmente saben qué es lo que se necesita.

 

En segundo lugar, necesitamos una nueva organización temporal, no una división estanca por horas. Si algo se puede aprender en diez minutos, ¿por qué estar una hora? Muchas actividades, por ejemplo, de idiomas, no deberían nunca exceder 30 minutos. Hoy en día vemos charlas tipo TEDX en las que 15 minutos son más que suficiente para hacer llegar un mensaje potente y bien estructurado.

 

La escuela del siglo XXI debe ser menos rígida, más flexible. No podemos mantener horarios que se impusieron en la revolución industrial.

 

Necesitamos una nueva gestión de recursos humanos. Ya no tiene sentido el maestro en soledad en su aula. Hoy necesitamos dos maestros por aula, mínimo.  Esto, no siempre supone más recursos sino una organización diferente. Se pueden juntar los alumnos y los docentes de dos aulas, así  se organiza mejor el aprendizaje y se controla mejor la dinámica de aula. En otras ocasiones será el maestro que es experto en un tema el que tendrá que hacer una incursión esporádica en un aula. Se llama codocencia.

 

Según Gonzalo Jover, “Está demostrado que un grupo heterogéneo de estudiantes mejora los resultados académicos; los más avanzados tiran de los otros. Pero para un solo profesor es muy difícil trabajar con diferentes capacidades y velocidades de aprendizaje”, la hiperaula busca promover la codocencia. Hay un efecto llamado “efecto contagio entre pares”, o lo que es lo mismo, “todo lo que absorbe un docente al colaborar con otro”, según apunta la Universidad de Harvard.

 

En tercer lugar, hay que revisar los contenidos, las asignaturas y la distribución compartemizada de las mismas. Muchos contenidos son inútiles, otros nunca se dan por lo extenso de los programas, muy pocos profesores acaban los temarios, y si lo hacen es agobiando a los niños. Otros están obsoletos, y muchos faltan.

 

Decía A. Gala “El atiborrado de erudición” ( el saber sí ocupa lugar) se hincha y se inutiliza para danzar  y amar y entregarse a la vida “ Por lo tanto elijamos bien qué contenidos queremos trabajar.

 

Reflexionemos, ¿qué necesitamos los adultos en nuestra vida? ¿Para sentirnos bien?, ¿para ser felices o incluso para tener éxito? En tu respuesta está la solución.

 

Hay que simplificar.

 

Muy escuetamente, necesitamos una lengua que ayude a leer, a disfrutar con la lectura, a hablar en público, a saber hacer una entrevista, a saber escuchar, a saber argumentar, a escribir. Necesitamos una cuidadosa elección de las lecturas en función de la edad. Y no olvidemos que el niño escribe para ser leído, no para ser corregido.

 

Requerimos unas matemáticas aplicadas a la vida. Los polinomios, logaritmos, trigonometría, integrales,… nos entretienen mucho, pero si no voy a estudiar una ingeniería o una carrera técnica, no nos vale para mucho. Ya nos decía Neill “¿Para qué sirve enseñarles ecuaciones de segundo grado a niños que van a arreglar automóviles o a vender medias? Es una insensatez”

 

Necesitamos asignaturas que nos permita pensar, elegir, crear. Que me eduquen en la salud, física y mental. Que me permita disfrutad del ocio, que me hagan mover y luche contra la obesidad.

 

O ¿a lo mejor no tienen que ser asignaturas? O no deben ser todas anuales.

 

Que nos enseñen a no caer en situaciones mentales y emocionales graves, y que si caigo tenga herramientas para salir de una depresión, de una situación de estrés, de un estado de ansiedad.

 

Necesitamos espacio para que pueda gestionar de alguna forma el cada vez más sufrimiento personal creado en la sociedad y familiar.

 

Precisamos momentos para aprender a cuidar el planeta. Y para utilizar bien las nuevas tecnologías como fuentes de aprendizaje. Hay que aprender a comunicarnos en otros idiomas de manera fundamentalmente oral.

 

El conocimiento es aplicable cuando genera motivación, cuando responde a necesidades cognitivas  y vitales del que aprende

 

Como ya decía Giner de los Ríos en la ILE (Institución Libre de Enseñanza), “se descargarán los odiosos programas de odiosos exámenes y se exigirá a toda la clase de estudiantes que sean hombres, no papagayos, que sepan verdaderamente y sequen el cerebro para retener un cumulo de cosas estancadas, muertas, ininteligibles para ellos y para sus maestros en no pocas veces”

 

Me preocupa mucho que el principal objetivo de los alumnos y de las familias sea conseguir notas, y que aprender, disfrutar aprendiendo, despertar el deseo de saber, ayudar a otros, aprender a saber utilizar el conocimiento para ser mejor personas, sean cuestiones de escasa importancia

 

Cuarto necesitamos una nueva metodología, no estoy hablando sólo de nuevas técnicas modernas: flipped classroom, gamificación, educación para el servicio, aprendizaje cooperativo…, que muchas veces no son más que una manera de proceder competitiva entre grupos. Y en ocasiones se aplican sin contrastar los beneficios, como sucedáneos de la didáctica.

 

Hay que recuperar todas las fuentes de dónde se puede extraer información, el maestro ya no es él solo, el que alimenta de contenidos.

 

Hablo de maestros como “gestores de organización de aprendizaje”, vamos “maestros de verdad”.

 

De los que sabe que, el qué enseñar se hace mirando a la vida, el cómo mirando al niño

 

Maestros que “dejan hacer”, sólo interviniendo en el momento preciso, verdaderos “provocadores” de la reflexión y del aprendizaje. Maestros que guíen al estudiante para que lideren su propio proyecto de aprendizaje. Organizadores de aula. Que conozcan y respeten los estilos de aprendizaje de los alumnos.

 

Una escuela que permita disfrutar del presente. Que no se aborrezca el aprender. Que se respete el desarrollo normal de las personas: con tiempo de silencio, tiempo de hablar, tiempo de actuar, pero con un equilibrio entre ellos, no 45 minutos callados, y 10 minutos respondiendo a lo que el maestro pregunta, y la respuesta correcta ya está enlatada.

 

Por último, necesitamos mucha pedagogía y cariño (Pedagogía del cariño), que permitan “aprender a gusto”, que se tenga en cuenta las emociones, que tenga en cuenta las tres “or”: humor, amor, y dolor. Donde el aprender no suponga tensión, sí esfuerzo, pero no malestar.

 

La Educación del futuro, debe estar orientada a la felicidad,  al equilibrio personal y  familiar: debe contar que en nuestras clases hay hijos de padres separados, hay niños con carencias afectivas, hay niños de multiculturas.

 

Donde todos escuchemos de manera empática, donde aprendamos a recibir, a dar y a rechazar caricias. Donde haya ingredientes como “locura “, entendida como alegría en el enseñar del docente y “dulzura”.  Y también, mucha “ternencia”, que es tener mitad ternura y mitad paciencia en el trato con los alumnos. Un lugar donde dejemos huellas, pero no cicatrices. Donde la manifestación de respeto sea el aprecio. Donde se pidan las cosas y no se manden. Donde se puede abrazar, consolar y llorar. Donde no se caiga en la hipercorrección. Donde aprendamos a relajarnos y a relacionarnos. Un lugar en el que la infancia sea un viaje y no una carrera.

 

La escuela más breve, útil, diversa, sin “efectos secundarios”. Porque, ¿de qué nos sirve aprender muchas cosas si hemos despertado aversión al aprendizaje?

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