Lecciones del canal
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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

Lecciones del canal

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Nuestra vida transcurre al lado del Canal y éste es una escuela de aprendizaje, es vida. Nos ofrece maravillas naturales en todas las estaciones. Aquí la naturaleza es terapéutica y sus caminos de sirga, se convierten en cruces de vidas. Se convierte en el pasillo del cuarto de la salud. Unas cosas te las da el canal, otras eres tú quien las coge, igual que en la vida.

 

Herman Hesse en su libro de Siddhartha nos habla de cómo consiguió la sabiduría siendo un barquero y escuchando al rio.  Algo parecido nos pasa a nosotros en el Canal de Castilla.

 

La primera lección que nos enseña es de hermanamiento. Los caminantes, después de tantos días de saludarnos en la distancia, de intercambiar miradas… sentimos que pertenecemos a una misma comunidad que hace, que caminando por él nos sintamos seguros, protegidos. Si a un abuelo se le sale la cadena de la bici, le ayudas; si pinchas tú y no sabes cambiar la cámara, te enseñan ellos. Si de pronto ves que un compañero ya no va con su perro por el paseo, le escuchas con cariño, sabiendo que ha perdido a un ser querido y no a un animal. Sabemos que estamos todos juntos en esto.

 

Te recibe si quieres acudir solo, para organizar tus ideas, revisar pensamientos, desahogarte de un mal día. Te permite estar en paz con tu soledad. Aquí puedes expulsar los pensamientos rumiantes, ser “minero de ti mismo” como decía J. Luis Sampedro.  Lugar donde mantener limpio nuestro espacio interno, donde conseguir vitaminas para la mente, porque “el parar la mente supone abrir el corazón”. Y, al igual que cuando el agua del canal es turbia, no se ve el fondo, nuestra mente necesita tranquilidad para ver con claridad.

 

 El canal siempre te invita a pasear en compañía. El caminar incita a la charla, al intercambio de pensamientos y de sentimientos; desde chácharas intrascendentes a pensamientos más profundos; repasas lo ocurrido en el día o en la semana, compartes lecturas, otros te cuentan anécdotas o chistes filosóficos, o recuerdos de la infancia. Y a veces compartimos silencios que nos dan un pellizquito en el alma.

 

 El canal es como el “pensadero” de Harry Potter, donde se exploran zonas oscuras de la infancia. Donde haces las paces con tu pasado.  Donde bajamos el tono de las palabras. Donde se habla con mensajes que nos ayuden positivamente a todos.

 

En el canal cabe hablar de todo, hablamos de enfermedades, de superación, de espiritualidad, de nuestras sencillas fricciones con la vida. Es donde la mirada nunca miente. Nos hacemos cargo de los problemas de los demás. Te encuentras con personas que son agradables, qué da gusto y cuando rascas ves que han tenido una vida durísima. Percibes que todos tenemos heridas; en el canal nos duelen las nuestras y las de los demás. Sabemos, como dijo Marco Aurelio, que lo que es bueno para la colmena lo es para la abeja; que las personas bellas no surgen de la nada, surgen de las pérdidas de dolor. Te das cuenta de que no es bueno sufrir, pero si haber sufrido, pues te hace más humano, más humilde, y mas comprensivo.  Es un espacio lleno de personalidades “pepitas de oro”, algo que se ve en la forma en que se enfrentan a los obstáculos. Hay personas que son así, son fantásticas. Aquí, quien bien te quiere, no te hará llorar.

 

Se respira confidencialidad, porque lo que se dice en el canal, queda en el canal.

 

El canal esta lleno de dietas depurativas para el ánimo, y semillas de alegría. Al canal se va sin reloj, pues el reloj no existe en las horas felices. Necesitamos parar la máquina pues sino se rompe.  Aquí la paramos caminando.

 

Es un laboratorio social en el que se ve el tipo de relaciones entre los caminantes, y cuando la gente que camina alparcia o no (en el leguaje terracampino, quiere decir, llevarse bien o no con alguien). Es el lugar donde se esconde el amor, y donde se muestra, recibe a las parejas que van a contar sus confidencialidades y a los padres que regalan su tiempo a sus hijos o los abuelos que enseñan a pescar a sus nietos.

 

En él, los riosecanos mostramos nuestra amabilidad. Si vas en el barco del canal y los caminantes te saludan, son lugareños, sin duda.  Con nuestro saludo damos la cálida acogida a los forasteros.

 

Nos enriquecemos y cabemos todos, desde entrenadores profesionales, que en su rato de asueto vienen a pasear en tranquilidad, a jubilados, alcaldes, amas de casa, directivos de empresas, jardineros, maestros, médicos, políticos, estudiantes o parados… El canal es punto de encuentro de pescadores y cangrejeros. Se ejerce la humildad radical, amigos de igual a igual. Nos fijamos en las neuronas y no en las hormonas.

 

 Es un paraje sin igual para fotógrafos y pintores. Donde surge la espontaneidad y la fraternidad. Hace unos días, paseando vimos a un improvisado fotógrafo, y cuando volvimos, le dijimos lo bonito de la escena. Él nos comentó: “Os he hecho una foto entre la niebla ¿queréis verla?”, y a los dos segundos teníamos en nuestro móvil una verdadera obra de arte de la que sin querer éramos protagonistas.

 

Es el lugar donde Antonio nos regala con alguno de sus chistes, siempre diferentes y picantillos. Donde a los abuelos les brillan los ojos cuando nos hablan de sus nietos. O donde en su dársena, nuestras entrenadoras intercambian entrenamiento por pensamientos.

 

El canal lo cuidamos todos, porque de todos es: los patos esperan a sus camareros que llegan puntuales con sus bolsas de pan, las zarzas hay que cuidarlas para que en otoño nos regalen sus moras y escaramujos (tapaculos que decimos por estos lares) y las ramas se apartan para que no se caigan los ciclistas.

 

Puedes extraviar algo en el canal, que seguro aparece, te lo guardan, te lo recogen o te lo entregan. Nada se toca y todo se guarda.

 

En el canal, se anda, se corre y se pedalea, puedes ver una mezcla de clases de inglés con running,  o de psicorunning. Y si hay que ir más lento, pues se va. Siempre con las luces largas para tener mayor visón de la jugada en la vida. El ritmo lo marca el camino, si aparece una garza toca parar y contemplar, o si es el vuelo de un pato, o el cruzar de una nutria, y si el cielo te regala un cuadro, o si son los campos llenos de amapolas, o si es la mar de campos moviendo sus trigales. Los regalos de la naturaleza nunca se rechazan

 

Lo dividimos en kilómetros, puentes, canales y exclusas. Recuerdo en nuestras carreras que siempre queríamos llegar más lejos a pesar de nuestro cansancio por la necesidad de más tiempo para hablar.

 

El otro día filosofando con dos andarines después de diez minutos uno de ellos dijo “Oye ¿no nos estamos poniendo muy estoicos?, que estamos en el canal.” Y habría que matizarle: Por eso … porque estamos en el canal.

 

¡¡Bienvenidos al Canal de Castilla!!

Comentarios

Javier 24/11/2020 08:43 #1
Muy bonito!

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