8-. NO MENTIRÁS

Octavo mandamiento. Desde el Antiguo Testamento, ni más ni menos…  La humanidad ha señalado y despreciado siempre la mentira y el falso testimonio. Sí, hay hechos más terribles, como matar o robar (porque desear a la mujer del vecino está feo, pero no es punible así, a secas, al menos en nuestra cultura), pero desde tiempos inmemoriales la filosofía y la ética han establecido la línea divisoria entre lo cierto y lo que no lo es, entre la verdad y la mentira. Será ésta más difusa cuanto más se debata sobre ella, eso es cierto, pero la consideración sobre lo que es verdad y lo que es mentira se ha infiltrado con el tiempo en prácticamente todos los corpus jurídicos de los países que conocemos, hasta llegar a considerar lo falso como delito. Y así, hasta nuestros días, el hecho es que hemos convivido con la mentira y sus propagadores como hemos podido, desenmascarándola, sufriéndola, denostándola, denunciándola y, finalmente, acostumbrándonos a ella.

Sí, claro, somos un periódico,  y como el lector habrá intuido ya, estamos hablando de las ‘fake news’ como fenómeno global y también muy local, o lo que siempre han sido ‘noticias falsas’, rumorología interesada e incluso ataques y chantajes por la vía de la información periodística. Pero no, no nos acostumbramos.

Está en nuestra esencia contar la verdad (con mayor o menor acierto o profundidad, eso sí es discutible). Por convicción y porque no solo el periodismo, sino la vida misma, se apuntala en la distinción de lo cierto y lo que no lo es. El filósofo Bertrand Russell ya dictó aquella famosa frase o consejo de “muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla”. No es mala máxima para un periódico, ¿verdad? Tampoco para una administración, un representante público o un simple ciudadano de a pie.

El problema radica en que la mentira cala, como lluvia fina, que al principio no molesta pero cuando te das cuenta, estás literalmente empapado. El mismo Russel advertía sobre ello: “La calumnia siempre es sencilla y verosímil”. La exigencia editorial de un medio de comunicación que se digne de serlo ha de fijar radicalmente sus parámetros de compromiso con la realidad contada, que al fin es la base de nuestro trabajo. Ejemplos de la falta de parámetros en nuestro globalizado universo de la información existen a miles, y muchos de ellos se han visto al descubierto en los últimos tiempos porque hubo quienes se alimentaron de la mentira: la guerra de Irak, Trump y sus postverdades, la campaña del Brexit, la reacción de determinados gobiernos frente al caso WikiLeaks, los bots rusos en la campaña electoral americana, y un largo etcétera. Esa auténtica tormenta, tributo de la mentira oficial y oficializada, ha denostado la labor de servicio público de la prensa en todo el orbe, y no es de extrañar cuando la mentira se propaga y los medios no contrastan, miran a otro lado, o incluso se alimentan de ella haciendo uso de sus efectos para el beneficio propio.

Pero no hay que irse al otro lado del Atlántico, a los Urales ni a ‘montañas lejanas’ para toparse con la mentira propagada en el ámbito periodístico con fines espurios. No está tan lejos, no. Castilla y León no es un oasis de prensa libre y ejemplar. Ejemplos conocemos todos, y algunos muy cercanos. La simbiosis establecida por el poder político en esta comunidad autónoma con determinados conglomerados mediáticos, casualmente casi todos en el sector de la prensa en papel, ha sido siempre un secreto a voces, y en los últimos meses ha estado en el altavoz público con cuestiones como la trama Enredadera y las relaciones directas y vergonzantes entre servidores de lo público, empresarios y periodistas. Y sí, de esas relaciones se nutrían muchas informaciones falsas, medias verdades e invenciones torticeras que el público lector ha ido deglutiendo como ha podido en las últimas décadas.

El propio consejo editorial de este medio, Tribuna Grupo, y particularmente en el caso de su presidente con una saña indescriptible, ha sido objeto de campañas de difamación directa, mentiras y manipulaciones de la realidad con el único objetivo de ‘tumbarle’ empresarial y personalmente.

No se ha observado ningún límite moral en la prensa de la vieja guardia salmantina, la que muchos todavía llaman ‘la prensa del régimen’ o ‘El Clan de los Cipreses’ para intentar destruirle, con el inestimable apoyo de las instituciones locales que no solo no miraron hacia otro lado sino que colaboraron fielmente a la hora de construir realidades paralelas, post-verdades, mentiras o injurias personales. Una marioneta llamada Julián Ballestero, director de La Gaceta Regional de Salamanca, puede ser un buen ejemplo para explicarlo: sigue sumido en su mundo y no precisamente El Mundo, del que salió por la puerta de atrás con un puente de plata de aquellos que se extienden cuando quieres sacarte de encima un lastre enquistado por el paso del tiempo. Años atrás pasó lo mismo cuando El Norte de Castilla consiguió quitárselo de encima. Al llegar a Salamanca, entendió rápidamente que debía escribir al dictado de los directivos a los que se somete con deleite para proteger su nómina. Es conocido el método de este diario de imponer su criterio por encima de los intereses generales. En realidad, no es un medio de comunicación al uso; es el uso del medio de comunicación para satisfacer el ansia de poder y el bolsillo de quienes lo gestionan, sin ningún tipo de escrúpulo, sin atender más que las prebendas interesadas.

Los tiempos han cambiado. Estamos viendo como la información digital está ganando el pulso a la prensa tradicional; que informaciones de medios digitales han tenido sensible influencia para abortar ejercicios de corrupción política y denunciar aprovechamientos en función de un cargo. Pero un medio ‘rancio’ como La Gaceta Regional sigue empeñado en aferrarse a su modelo pseudo-mafioso y utiliza como marioneta a un director al que manejan los que ya sabemos desde su guiñol, sirviéndoles en bandeja la cabeza de su credibilidad, pisoteando su ya borroso prestigio y embarrando su trayectoria en un permanente lodo de invenciones, mentiras o manejos.

La Gaceta Regional y su director, Julián Ballestero, ya fueron condenados por el Tribunal Supremo * por mentir en varias ocasiones pero, inasequibles a su propio desaliento, siguen insistiendo en arremeter con basura informativa contra quienes han osado plantarles cara. Esa es la realidad que defiende un medio en decadencia que presume de ser el referente informativo de Salamanca. Menos mal que existen otras alternativas informativas para darle la espalda a tan caduca manera de entender la influencia.

A Julián Ballestero se le conocen diferentes habilidades, pero entre ellas no figura la de salvaguardar su valía profesional. Sometido, hipotecado, torturado (todo ello informativamente hablando), acumula en su cartuchera tantas balas fallidas que ni siquiera valdría para escopeta de feria. Más bien es el protagonista de una particular ‘Escopeta nacional’, con todos los respetos hacia Berlanga… Pero sus disparates siguen manchando hojas de papel y tirando a matar a quien convenga según el día. Y sigue coqueteando con el acoso mediático y la manipulación, el chantaje y el famoso ‘trabuco’ para obtener pingües beneficios empresariales para sus mandamases. Él y sus superiores mienten, y ganan dinero con ello. Pero pierden también, cada día más. Menos periódicos en los quioscos, menos altavoz social, y muchas críticas por sectarismo, manipulación y falsedad es lo que cosechan en la actualidad. Alguno diría que las ‘fake news’ no son un negocio, que solo se trata de poder. El caso que nos ocupa es básicamente de cómo hacer negocios con el poder con la información como producto. Pero no, eso no es periodismo. Eso es doble moral. Y sí, también para esto Russell tuvo un pensamiento célebre: “La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica pero no predica”.

 

*Sentencia íntegra del Tribunal Supremo condenando a La Gaceta Regional.