Castilla y León, paso a paso durante la pandemia (I)

El acueducto de Segovia, las murallas de Ávila y la ermita de San Saturio (Soria)

En estos tiempos de miserias por la pandemia del virus chino, y nunca mejor dicho, pensando en el artículo para Tribuna, de “Ancha es Castilla y León”, me propuse hacer una especie de repaso de mis vivencias en lo que hoy es la región española más amplia del país, y también de toda Europa. Aunque en términos de población no sea ese el caso, como bien sabemos, por su proceso de despoblamiento en el centro de la “España vacía”.

 

A propósito de Castilla y León, me viene la retahíla que seguíamos los de mi quinta (86 años) para aprendernos, en tiempos escolares, las regiones y provincias de España. Y recuerdo cómo decíamos aquello de “Ávila, Segovia, Soria, Burgos, Logroño y Santander”, como Castilla La Vieja. Incluyendo Logroño, hoy Rioja, y Santander, hoy Cantabria.

 

La segunda parte se suponía que era el antiguo Reino de León, con la discusión de las dos últimas provincias que citaré: León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia. Hoy los leoneses irredentos, sólo pretenden su autonomía sólo para León, Zamora y Salamanca, sin hablar para nada de Valladolid y Palencia, siempre con el trasfondo de la batalla de Támara.

 

Pero el sentido principal de este artículo de hoy en Tribuna –insisto, en la extraña paz un tanto inverosímil y patética de la pandemia—, tiene por objeto rememorar lo que yo he vivido de modo más impactante, en cada una de esas nueve provincias de Castilla y León. Siguiendo el orden de mis menciones anteriores, y empezando, pues, por Ávila, con su capital amurallada.

 

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De mis tiempos juveniles y no tanto, retengo de Ávila, sobre todo, la Sierra de Gredos, formidable muralla que contribuye a separar las dos Mesetas. Y recuerdo la travesía que hice en una ocasión, con el grupo ecologista del que yo era el decano, desde el “Prado de las Pozas”, en el gran circo que corona el pico Almanzor, hasta Candeleda, en la vertiente sur. Una travesía maravillosa en paralelo a la más cómoda, algunos kilómetros más al Este, conocida como la “Ruta del Emperador”; por el camino que Carlos V hizo desde el Cantábrico y Valladolid, para atravesar hasta Yuste.

 

En Ávila también recuerdo vivamente su neo-clásico Parador, igualmente en Gredos, de célebres reuniones literarias y políticas, sobre todo en el invierno, con el exterior del Palacio enteramente nevado. Un edificio que se construyó como el primero de la red de Paradores Nacionales de Turismo, uno de los grandes inventos del tiempo de la dictadura del General Miguel Primo de Rivera. Y no dejo de insistir aquí en que esa red de maravillosos antiguos monasterios, castillos y mansiones no se despiece ahora por influencia de los separatistas, que quieren llevarse esos grandes hoteles españoles como si fueran cosa propia, que no lo son.

 

También recuerdo de Ávila la ubicación que fue, en su catedral, para una de las grandes manifestaciones de Las Edades del Hombre.; con piezas de talla castellana, cuadros medievales y renacentistas, sagrarios de plata y oro, y toda clase de tapices y demás guarniciones de la propia diócesis abulense. Patria, en Cebreros de los vinos de garnacha, de un hombre clarividente que fue Adolfo Suárez.

 

Y no quiero olvidar en Ávila una última evocación: el museo más moderno en honor del gran pintor italo-español Oscar Caprotti. La mansión en la que ahora están sus mejores obras, fue donada a la ciudad por la viuda de Óscar Caprotti hijo, Anabel, que legó una impresionante obra pictórica en el más bello de los cuadros urbanos.

 

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En Segovia, hay de todo. Una catedral formidable de piedra dorada por el sol, un alcázar portentoso –que dicen que inspiró a Luis I el Loco de Baviera para hacer su célebre castillo en los Alpes Bávaros—, y que después sirvió de evocación para la propia Disney y sus mundos diversos en California, Florida y cerca de parís.

 

Al mismo tiempo se mantiene en Segovia, utilizado hasta el siglo XX, su portentoso acueducto. Mucho más hermoso que el de las Galias que figura en los billetes de no recuerdo cuántos euros. Al mismo tiempo, en la ciudad medieval se mantienen las intrincadas calles de la Judería, con plazuelas desde las que se ve el paisaje del Guadarrama Norte, con su enorme espacio del llamado glaciar.

 

En Segovia he estado muchas veces, inevitablemente. Y sobre todo, durante los veranos de 1953 y 1954, cuando hice los dos campamentos estivales de las milicias universitarias en el lugar llamado El Robledo., un bosque inolvidable por sus Quercus robur. Bajo cuyas frondas tuvimos el aprendizaje de las ordenanzas del buen rey Carlos III, en un primer año que hicimos de malditos, y un segundo de sargentos. Pero descuiden, que no voy a contar aquí historias de la mili, de las que algunos sentimos una irreparable nostalgia. Aunque como dijera José Luis de Villalonga, “la nostalgia es un error”.

 

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La tercera provincia que viene en la ilación de hoy, de las nueve de Castilla y León, es Soria: “Soria pura, cabeza de Extremadura”. Era la frontera castellana, en tanto que, a poniente, lindando con Portugal, se extendió la Extremadura leonesa de Cáceres y Badajoz.

 

De Soria, la mantequilla también pura (dulce o salada), inolvidable en los desayunos después de viajar a la gran capital española del Románico. Con el recuerdo siempre de Antonio Machado, y del parque en el centro de la ciudad, titulado de Cervantes, que es en realidad un descanso para viajeros, un bello botánico provinciano.

 

Y también, de Soria, el recuerdo de un mitin que tuvimos en la Transición, nada menos que con un soriano insigne, a quien hoy rindo mi admiración, como “un héroe del pueblo”, que le llamó la revista norteamericana Time: Marcelino Camacho, que efectivamente tenía la estética figura de un soriano recio, con el recuerdo de sus catorce años de cárcel, y su jersey tejido por su esposa Josefina.

 

De Soria, también tengo un recuerdo puntual, de una sesión que tuvimos en la Soria pura, en su sede del Colegio de Economistas de Madrid. Encuentro en el que estudiamos, casi precozmente, el tema de la España Vacía; antes de que Sergio del Molino escribiera su libro con ese premonitorio título, por el que debería reclamar derechos de autor.

 

Desde entonces, sigo insistiendo al Decano de ese colegio, Pascual Fernández, para que hagamos una convención sobre el tema de referencia, ya que el citado colegio matritense incluye también las provincias de Ávila, Segovia, Soria, Guadalajara, Cuenca y la propia de Madrid. Sería una buena ocasión, pero todavía no he tenido la aún la ocasión de convencer a mis queridos amigos colegiales. El tiempo lo hará.

 

Y dejamos aquí, hoy por hoy, el repaso de Castilla y León, que podría ser mucho más prolijo, ciertamente. Pero las neuronas –y también las neuroglias, como dice Bill Bryson en su libro El cuerpo humano— no dan hoy para más. Porque eso de que con el confinamiento se nos ha dado, probablemente, hasta 1.000 días de esparcimiento y reposo, es un cuento más chino que los virus de Wuhan: realmente no tengo tiempo para nada, y solo al final de la noche, ya en la madrugada avanzada, cuando hemos visto en la tele el último capítulo de alguna serie (les recomiendo The Crown), puedo encontrar algo de tiempo libre para lecturas varias.

 

Volveremos la próxima semana, reanudando nuestro viaje virtual por el caso de Burgos. Y para consultas y comunicaciones al autor, el correo electrónico castecien@bitmailer.net. Todas las observaciones que se me hagan, serán más que bienvenidas en estos tiempos de pestes aún incontroladas.

 

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