Castilla y León, paso a paso durante la Pandemia (II)

Estatua del Cid, en Burgos; Parador de turismo, en León y presa de Aldeávila, en Zamora. TRIBUNA

Reanudamos hoy nuestro recorrido virtual, no es para menos en los tiempos que corren, por las provincias de Castilla y León. A base de recuerdos que van surgiendo del pasado, y que a veces pueden resultar de algún interés para el futuro.

 

En el itinerario virtual que estamos siguiendo, la última semana visitamos Ávila, Segovia, y Soria: toda una alineación paradigmática de la España vacía. Y en estos momentos, ya dispuesto a proseguir la andadura, recordaré una gran road movie literaria: el libro de Herman Hesse, Narciso y Godmundo. Cuya lectura recomiendo vivamente en estos tiempos, por lo mucho que en él se evoca la pandemia medieval de la peste negra en toda Europa. Cuando dos aguerridos mozos, los protagonistas de la novela, recorren los caminos de una Alemania deprimida, tratando de encontrar el propio sentido de sus vidas. Tal como sucede, en parte en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, que se inspiró en Hesse.

 

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Así las cosas, la provincia de Burgos se configura como Caput Castellae, origen que fue del propio reino y de la corona de Castilla. Ofreciendo su ciudad capitalina los elementos formidables de lo que fue un burgo a través del cual fluían las exportaciones de la lana castellana, del buen merino, a los Países Bajos e Inglaterra desde el puerto de Bilbao. Así se refleja su trasfondo histórico en la inolvidable novela de Miguel Delibes El hereje.

 

Como recordatorio de aquellos tiempos medievales de Hesse y Delibes, a la entrada de Burgos nos encontramos con la gran estatua de bronce del Cid Campeador –el mismo al que tanto quiere Arturo Pérez Reverte—. Una obra de Juan Cristóbal, a quien me unió gran amistad a través de mi padre, y luego también a su hijo.

¿Y qué decir de La Catedral de Burgos? Más que una son seis que se han reunido allí, por las paralelas capillas a la nave central, verdaderos monumentos que podrían tener vida propia, donde se ve la impronta de grandes artistas, como fueron los Siloé.

 

Mención obligada es el Monasterio de las Huelgas, y gastronómicamente hablando, el restaurante Templo de los Ojeda, con sus castellanos platos de recia prosapia. A poca distancia de las orillas donde el Parque del Espolón, que bordea el aquietado Arlanzón, en el que se reflejan los plátanos enlazados por injerto, y luciendo sus muñones en el frío del invierno.

 

Más habría que hablar de Burgos y su provincia, y recordar aquel famoso ladrón que “para no ser ahorcado, se vistió de colorado”, haciéndose cardenal. Con su pequeño Escorial de la ciudad de Lerma, y su capilla de las clarisas, con las impresionantes figuras orantes de los reyes.

 

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Y cubiertas las provincias de Castilla La Vieja en el sentido más estricto (Ávila, Segovia, Soria y Burgos), tras el Castiexit de Santander y Logroño (1978) para otras autonomías, entramos en el antiguo Reino de León. Muy previo a Castilla, y antes sucesor de Asturias. Con la evocación de Alfonso VII, el emperador (Imperator totius Hispaniae 1135), reconocido por el Papa Inocencio II. Que soñó con asumir la supremacía de todos los reinos de la Península Ibérica, e incluso de los condados catalanes, que llegaron a rendirle pleitesía.

 

En León nos encontramos con lo que hoy es el parador de Turismo, el antiguo Hospital de Peregrinos de la Orden de Santiago, de dimensiones y calidad asombrosa, verdadero hito del largo camino a Compostela. No lejos de la Basílica de San Isidoro, panteón de los reyes de León, e inclusivo de los restos del visigótico santo ilustrado, que llegaron de Sevilla, del autor de Las Etimologías, algo así como la Wikipedia de su tiempo.

 

Y antes de irnos de León, un par de recordatorios: la catedral máxima del gótico en España, de la que tan orgulloso estaba el periodista y escritor leonés José Luis Gutiérrez (que nos dejó tristemente en 2012), y que me regaló, varias veces, un libro de las celebérrimas vidrieras de tan colosal fábrica gótico.

 

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Pasamos por último a Zamora en nuestro recorrido de hoy, donde el Duero se abre para su máximo esplendor hidroeléctrico, y para hacerse navegable, ya en el tramo portugués, con hermosos cruceros fluviales, bordeando las tierras del vino, una especie de Ribeira Sacra de los lusos. Recrecido con el Tormes, por el formidable embalse de La Almendra, llegamos, aguas arriba, a la gran presa de Aldeadávila. Escenario que fue de la película Doctor Zhivago, con aquella célebre escena cuando la protagonista de Pasternak, Lara, sale en medio de las obreras soviéticas de una fábrica de no se sabe qué, pero por las caudalosas aguas del aliviadero del dique.  

 

También en Zamora, parada en el pueblo de El Cubo del Vino, de donde procede la familia Tamames, y donde nació mi abuelo Clemente, maestro nacional. Cerca de la comarca del Sayago, donde está el municipio de Tamame, sin ese final, y que en el linaje al que yo pertenezco se redondeó su nombre con la doble curva postrera. Visité Tamame hace muchos años, entonces poco más que una aldea, cuyo alcalde era un jubilado de Don Camilo Alonso Vega en el Ministerio de la Gobernación, premiado con la alcaldía por haber sido figura destacada de la Brigada Político-Social, el temido preámbulo del Tribunal De Masonería Y Comunismo. Recuerdos, para olvidar, de aquellos tiempos de su excelencia…

 

Y último memento de la Zamora provincial, los vinos de Toro, de cerca de su colegiata, que se han convertido en una especie de prolongación, no sé si recrecida y mejorada, de los de Ribera del Duero, con el comienzo iniciático del ilustre Fariña.

 

Y así, en menos de 10 minutos, hemos recorrido hoy telemáticamente, como está ordenado, tres provincias de Castilla y León: Burgos, León, y Zamora. Para el próximo viernes 17 de abril, el resto: Salamanca, Valladolid y Palencia.

 

Me recojo ahora en mi despacho antipandémico, donde trabajo en un viejo buró de caoba americana, que compré en 1961, cuando al Rastro de Madrid llegaron 150 piezas únicas de ese mobiliario. De cuando la quiebra de Matías López, fabricante de chocolate, y bastante bueno para los tiempos, en su fábrica de El Escorial.

 

Terminamos aquí, y como siempre, quedo a disposición de los lectores de Tribuna, y les deseo lo mejor en su confinamiento por la gracia de la salud pública (castecien@bitmailer.net).

 

 

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