Cinco horas con Miguel Delibes (I)

Los comensales de una cena memorable: de izquierda a derecha, Ángeles Castro, Miguel Delibes, Ramón Tamames y Carmen Prieto-Castro

Ramón Tamames descubre un encuentro personal con Miguel Delibes en el año del centenario del escritor vallisoletano. En dos entregas, nuestro colaborador habitual realiza un repaso íntimo a su relación con autor de obras emblemáticas de la literatura española.

Tenía prometido a los lectores de Tribuna un artículo sobre Miguel Delibes, y creo que finalmente llega hoy, no lejos de cumplirse el centenario de su nacimiento: el 17 de octubre de 1920. Una efeméride a la que nos acercamos aún con la pandemia. Y seguramente, con la posibilidad de que en octubre se abra la exposición con que va a celebrarse el recuerdo del gran novelista, en la Biblioteca Nacional, en Madrid.

 

No voy a ser, en este escrito, un glosador de la obra de Don Miguel. Aparte de otras mencionables e importantes, biografías o no, con toda la larga lista de honores que recibió en su vida literaria, está el muy reciente libro de Jesús Marchamalo: Delibes en bicicleta, con ilustraciones de Antonio Santos, opúsculo que se lee con mucha rapidez, y cierto encanto por los viajes en bicicleta y las rememoraciones de Miguel con su novia, Ángeles Castro.

 

En realidad, mi intención al escribir sobre Delibes se centra en un encuentro personal, de más o menos cinco horas de duración, de las siete de la tarde a la medianoche, que tuvimos con él y Ángeles, su mujer, mi esposa, Carmen Prieto-Castro, y yo mismo. Por eso el articulo se titula “Cinco horas…”, en analogía al conocido libro Cinco horas con Mario.

 

La cosa fue que Don Miguel, que por entonces era director de El Norte de Castilla (1968), o tenía, por lo menos, una función principal en ese periódico, me invitó a dar una conferencia en la propia sede del cotidiano, en su caserón de Valladolid. En la antigua sala de máquinas. Donde vegetaban una serie de linotipias obsoletas, así como unas impresoras planas, no tan rápidas como los rotativos que llegaron después. Un auténtico museo de la impresión de noticias, las mismas que leemos normalmente en el desayuno, o en el automóvil si hay conductor, en el metro, o en el autobús. Y a veces, hasta fumando un cigarrillo, como era mi caso entonces: el primero de la mañana y el que mejor sabía, según recuerdos de un fumador que sabiamente dejó de serlo al alcanzar la cuarentena.

 

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Carmen y yo fuimos a Valladolid en tren, cuando se tardaban más dos horas, en vez de una hora como ahora con el AVE, y nos fuimos directamente a El Norte de Castilla. Allí tuvimos un primer contacto con Delibes y Ángeles, los dos tan sonrientes.

 

Así nos reunimos en Pucela, también llamada Fasadolid, por la fábrica de Fasa para los automóviles Renault, y asimismo Fachadolid, por la existencia de algunos grupos retrovisores. En un momento muy brillante de las ediciones madrileñas. Donde Miguel Delibes acababa de publicar su primer libro, en Alianza Editorial, cuyo presidente fundador fue José Ortega Spottorno, hijo de Don José Ortega y Gasset: “filósofo primero de España y quinto de Alemania”, según le calificó La Codorniz, en su Cárcel de papel; cita que no le gustó nada al pensaroso prócer. En Alianza Editorial, Ortega incorporó a su equipo a Javier Pradera, que ya había trabajado en otros dos sellos editoriales. Primeramente, en Tecnos, dirigido con gran prudencia por Don Gabriel Tortella, un catalán muy bien aclimatado en Madrid. Y seguidamente, fue Director del Fondo de Cultura Económica en España, en tiempos de su magno Presidente, en México, Arnaldo Orfila, un personaje inteligente y valeroso, y además hispanófilo.

 

Alianza Editorial estaba por entonces en la meseta de su máxima gloria, y en su libro de bolsillo tenía dos números de máxima venta, Las 1084 recetas de cocina, de Simone Ortega (esposa de Don José Ortega Spottorno), y mi propia Introducción a la economía española; que había publicado por primera vez en 1967, a modo de compendio de Estructura Económica de España, y que prologué estando en Argentina, en Buenos Aires, claro. Cuando trabajaba para los proyectos de integración iberoamericanos en el BID/Intal. Un prólogo en el que puse un cierto énfasis patriótico, en relación con todo el mundo hispanohablante, cosas de la lejanía y del pensamiento cósmico, que habría dicho José Vasconcelos

 

Delibes tenía noticia de mi libro en Alianza, y del de Simone Ortega, y aspiraba a ser otro de los autores destacados de la editorial; con excelentes portadas que preparaba Daniel Gil, quizá el mejor portadista que hemos tenido en España. Y con quien tuve algún quid pro quo, a propósito de mis propias publicaciones en la colección citada, pero siempre quedando, al final, tan amigos.

 

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La conferencia entre las máquinas de componer e imprimir de El Norte de Castilla, con un nutrido público en sillas plegables muy livianas, discurrió con normalidad y un cierto aire de alegre convivencia. Con una presentación muy ágil y llena de espontaneidad del propio Delibes; que como catedrático de la Escuela de Comercio de Valladolid, no quiero ocultar esa sensación aunque parezca inapropiado, parecía sentir una cierta admiración por mi persona, como catedrático de Universidad, todavía en Málaga; aún no en la Autónoma de Madrid (UAM).

 

Luego vinieron mis palabras, con un primer encomio de mi presentador, y manifestando el sentimiento de lo mucho que para mí suponía estar en El Norte de Castilla. El periódico regional de España que mejor marcaba la identidad de lo que son Castilla y León; por mucho que algunos leoneses reivindiquen los buenos tiempos de Alfonso VII, el Emperador (1105-1157); cuya soberanía, sobre todos los territorios españoles de entonces, fue reconocida, incluso, por el Conde de Barcelona, en ese momento Ramón Berenguer III.

 

Recuerdo también que un palentino ilustre, Fuentes Quintana, citaba a veces El Norte de Castilla, como uno de los periódicos que más información daba sobre precios y mercados agrícolas: trigo, cebada, centeno, avena, maíz, etc. No en vano, apostillaba Don Enrique, “Valladolid lleva la voz del pensamiento social y económico de la burguesía harinera de Castilla”. Que tanto contribuyó, también, con vascos y catalanes, al proteccionismo español, que culminó con Cánovas del Castillo en 1892, cuando escribió su célebre panfleto de “Cómo he venido a convertirme en proteccionista”; o título parecido, que ahora no voy a consultar el Google.

 

Después de la conferencia en El Norte, que fue muy comentada en los corros de gente que se formaron a la salida, Miguel y yo nos quedamos hablando un buen rato de Alianza Editorial, y de sus expectativas de publicar en ella. El ya célebre autor de La sombra del ciprés es alargada (1948) o de Mi idolatrado hijo Sisí (1953), me preguntaba más y más sobre la marcha de esas publicaciones. Se veía que el asunto le interesaba mucho.

 

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Luego nos fuimos a cenar, Miguel, Ángeles, Carmen y yo, al entonces más conocido restaurante de Valladolid, Conde de Ansúrez, el mismo nombre del fundador de la ciudad en el Año del Señor (AD) de 1072. Allí comimos tranquilamente los cuatro, y en un aparte que hubo cuando mirábamos las cartas gastronómicas, Carmen me dijo, a propósito de algo en que yo no había reparado:

 

  • Miguel y Ángeles están muy enamorados, lo veo por las continuas miradas que se cruzan.
     
  • Pues tú no puedes quejarte de tu caso… creo yo.

 

Y animada por Miguel, que lo recomendó, pedimos una botella de un vino clarete de Cigales, de cuya marca no me acuerdo, pero sí de su uva que era garnacha; con precioso color cereza, y estupendo al aroma y al paladar.

 

- Tanto me gustó –me comentó Carmen esta mañana, cuando estaba dictando este artículo—, que me puse un poco piripi. Y me daba vergüenza de que vosotros pudierais daros cuenta, pero, afortunadamente, eso no sucedió…

 

- Claro, ya recuerdo que estuviste muy expresiva, pero eso era más que normal en una cena tan placentera, de recién conocidos que parecían amigos de siempre.

 

Pedimos unas verduras variadas, que no eran ni menestra ni panaché, muy sustanciosas, aliñadas con aceite de oliva y vinagre, simplemente. Y después unas chuletas de cordero muy doradas y especiadas. Todavía tengo su recuerdo en la parte alta del paladar, conectado a unas neuronas que deben tener un buen registro gastronómico.

 

Hablamos de muchas cosas, de viajes –ambas parejas nos proponíamos ver el mundo entero, y ya estábamos en trance de ello—, libros, conferencias, la Universidad. Y naturalmente, el régimen de Franco, respecto del cual Miguel Delibes no era muy amistoso; a pesar, o no sé si por ello precisamente, al haber participado en la guerra civil del lado nacional, en el acorazado Canarias. Afortunadamente, no fue el Baleares, también acorazado, que hundieron en el Mediterráneo, con centenares de víctimas, los torpedos que un submarino republicano.

 

El caso es que la cena terminó no sé si con alguna copa, pero sí con un recuerdo imborrable, hoy de cincuenta y dos años. Siento que aquel restaurante Conde de Ansúrez ya no exista.

 

Comentarios

José 03/07/2020 13:51 #1
Estupendo artículo. Es un lujo que este señor escriba en un periódico de Valladolid.

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