El ganador se lo lleva todo

Desde la ruptura del bipartidismo histórico en nuestro país evidenciada en las urnas la pasada legislatura se escucha a menudo la reflexión compartida de sesudos politólogos de barra de bar que alertan: ¿Quién va a querer entrar en política ahora, con la que está cayendo? Ni agradecido ni pagado, dicen otros. E incluso hay quien se atreve a recomendar la fórmula de aumentar los sueldos de nuestros políticos para hacer más atractiva la dedicación al servicio público: “Ahora que esto está de capa caída, hace falta que entren los mejores. Pero claro, hay que pagarles bien para que no tengan tentación de robarnos”. Y claro, con estas mimbres, uno se imagina cual es la comprensión real del problema generado por la degradación política a todos los niveles que España ha vivido en la última década.

El ciudadano, casi anestesiado ya por la irritante marea de casos de corrupción aireados en los medios, ha pasado en estos años de la ignorancia absoluta en la época de la bonanza económica, al cabreo disimulado con el inicio de la crisis. Y de éste a una rabia desatada contra todo lo que huela a política durante el último lustro y que está a punto de pasar a otro estadío, el de la indiferencia, que quizá sea el más perjudicial para el interés general, pero está claro a quién beneficia.

Y el beneficiado, durante todo este tiempo ha sido… Sí, han acertado. El político. Bueno, el mal político, corregirán algunos. Sí vale, pero es que de los otros han quedado tan poquitos y son tan anónimos, que ejemplos se vienen pocos a la cabeza. Porque políticos buenos han venido siendo, mayoritariamente, los ‘pequeños’, los más cercanos, esos que ni siquiera cobraban, concejales de pueblo a los que les costaba dinero el servicio público.

De los otros, los hemos tenido de todos los colores. Los que cobraban lo justo (que ya de por sí no era poco), los que lo hacían mucho más de lo que merecían; aquellos que cobraban dos veces, o tres, o hasta siete; los que cobraban dos veces y además se metían algún sobre para ‘compensar’; algunos que decían que no cobraban pero se lo llevaban ‘por detrás’; los del 3%; los de los ERE; los que se subían el sueldo por decreto nada más ‘tocar pelo’; los que criticaban a todos los anteriores y un día amanecieron con un chalet en la zona buena; los que compatibilizaban su cargo público con otros ingresos de índole profesional de dudosa procedencia; los de las puertas giratorias; los que en Bruselas se llevaban 22.000 al mes pero subir el salario mínimo a 900€ les parece una barbaridad… Vamos, algo así como aquel pegadizo anuncio de Cocacola, que casi nos da para hacerle una letra nueva.

Y al otro lado, el ciudadano. El paganini de todo esto. El joven con dos carreras y master repartiendo comida de un restaurante chino. El mileurista que casi puede sentirse afortunado. El abuelo jubilado que comparte su pensión indigna con hijos y nietos. El ama de casa haciendo malabares para poner en la mesa la ración justa. El autónomo con empleados a su cargo que volvió a ser empresario unipersonal a la fuerza, porque el último en bajarse del barco solo podía ser él mismo. El ‘trabajador pobre’ (qué lamentable suena, pero qué hondamente más triste es en verdad).

Nos situamos a escaso medio año de la próxima contienda electoral. Y en la línea de salida están, otra vez, los mismos. Si nada cambia, que no tiene pinta, volveremos a ver carteles electorales con las mismas caras, que lucharán por mantenerse en ‘lo suyo’ y continuar en la pomada del cargo público para asegurarse un buen sueldo. Y veremos también caras nuevas y pensaremos, ingenuos, que ahí van otros valientes motivados por cambiar las cosas a enfrentarse con la dura realidad de la gestión pública, cuando en realidad, buceando un poco en sus curriculum y antecedentes personales, muchos de ellos viajan solo en esa caravana para quitarle el sitio y el sueldo a los ‘dinosaurios’ a los que señalan con dedo acusador.

 

Y es que el premio es mucho. Muy goloso. Hay quien piensa que en política el ganador se lo lleva todo. Pero no es así, es que encima no hace falta ganar siempre. Quedando segundo, o tercero, incluso quinto, la recompensa es magnífica. ¿De verdad cree usted, querido lector, que llegará un momento en que nadie quiera dedicarse a la política? Mientras haya quien, falto de talento propio, considere la política como lo que se ha convertido, un lugar en el que gastarse el dinero de los demás dejando siempre un buen pedazo para sí mismo, habrá cola, no se preocupe.

Ya lo dijo un sabio: “Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”.