El relato

Artículo de opinión del columnista Diego Jalón.

En su Diccionario de la Lengua, la Real Academia Española da dos definiciones de “relato”. La primera es “conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho”. Y la segunda es “narración, cuento”. Vivimos, no cabe duda, en la era política del relato, pero lo triste es que nuestros representantes se han quedado solo con la segunda acepción. El relato actual nada tiene que ver con los hechos. Mientras que el método científico, que nos ha ofrecido varios siglos de progreso, se basa en formular una teoría y confrontarla con la realidad, lo que ahora impera es que la verdad dependa de la interpretación de cada uno.

 

Es un mundo líquido y en cierto modo infantil. Dejamos de ser niños cuando asumimos la realidad, pero la realidad no tiene cabida en la política actual. Los hechos son tozudos, pero pueden resultar muy incómodos, así que ¿para qué ceñirnos a ellos si podemos formular un mundo más feliz ignorándolos? ¿Para qué ceñirnos a las reglas del método científico e incluso a las de la lógica, con lo conveniente que es para un político poder afirmar a la vez una cosa y su contraria?

 

No vivimos precisamente en El País de la Maravillas, pero en la obra de Lewis Carroll podemos encontrar algunas de las claves que definen a la perfección el universo político en el que nos movemos. Como dice el Sombrerero Loco, “No estoy loco, simplemente mi realidad es distinta a la tuya”. Explicaba Ortega que la razón nos integra con la realidad y, por lo tanto, si consideramos que hay distintas realidades, no hay razón que valga y ningún debate conduce a nada. Si la interpretación sustituye a la realidad, solo se puede dialogar con los que piensan como tú, es imposible acercar posturas y cualquier discusión termina en conflicto.

 

En esas estamos. Por eso ha durado tan poco esa intención de Sánchez de buscar la unidad y en pocos días hemos vuelto a la confrontación y las acusaciones cruzadas. En el relato cabe todo, que Unidas Podemos sea más fiel a la Constitución que el PP, afirmar que a los aliados de la moción de censura les une su amor a España, que el presidente muestre sus condolencias por el suicidio de un etarra o que el PSOE de los EREs en Andalucía diga que ese escándalo de corrupción no afecta a Sánchez porque él era sólo diputado de base, pero el caso Kitchen, de la época de Rajoy, convierte a Casado en un apestado.

 

Pero por mucho que los políticos se quieran aferrar al relato y compongan sus narrativas según sus distintas realidades, lo cierto es que la realidad existe y uno se acaba topando con ella tarde o temprano. Por mucho que Sánchez afirmase en junio que habíamos vencido al COVID, ahí está la realidad de los contagios y de la creciente presión en los hospitales. Por mucho que el Gobierno nos contase que “Salimos más fuertes”, ahí está la realidad, tan antipática. No hay más que ver los datos de Eurostat o de la OCDE que nos sitúan a la cabeza de Europa tanto en paro como en descalabro del PIB. O pasear por los pueblos y ciudades que aún no están confinados para contemplar la desolación de esas persianas bajadas de tiendas bares y restaurantes que nunca volverán a subir.

 

Y aunque algunos miembros de ese lado más turbio del Gobierno sigan con su relato del escudo social, lo cierto es que los presupuestos que elabora la ministra Calviño apuntan a una congelación de los salarios de los funcionarios, a una reducción de las pensiones, a un aumento de los impuestos a las clases medias y a una subida de las cotizaciones sociales de los autónomos. Ya lo decía el gato de Alicia, “Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí”. Sé que va a ser imposible, pero más nos valdría dejarnos de relatos y afrontar la realidad, porque como dice el conejo, “si conocieras el tiempo tan bien como yo, no hablarías de perderlo”.