El viaje de estructura económica (IV)

Celestino Mutis, Mao Tse-tung y Antonio Cánovas del Castillo. TRIBUNA

Cuarta entrega del artículo de Ramón tamames sobre el viaje de estructura económica realizado por el ingeniero Pedro Ramón Moliner y el propio autor por el Sur de España hace 60 años.

Continuamos hoy con el viaje que en 1953, casi setenta años realizamos el joven ingeniero Pedro Ramón Moliner y yo por el Sur de España. Ya vimos las sucesivas visitas a Puertollano, Valdepeñas, Córdoba y Sevilla. Y seguimos hoy con la Costa, desde Cádiz a Málaga.

 

De Celestino Mutis

 

Una imagen de Celestino Mutis, nuestro gran botánico de virreinato de Nueva Granada, e imagen de los billetes de 2.000 pts.

 

Con la llegada a Cádiz, sentí la resonancia de la tradición oral de mi familia, con mi padre evocando la ciudad de su niñez y primera juventud. Cuando él y su hermano Fermín, en tiempos de asueto, vagaban por las playas al este y norte de la ciudad, en las largas tardes de verano:

- Leíamos folletones de Verne, de Salgari, o de  Dostoievski, y las obras de Shakespeare...

 

Con esas nostalgias en la cabeza, convencí a mi amigo Pedro para ir en autobús a San Fernando, a tomar pescaíto frito. Y allí visitamos lo que quedaba de los Baños del Zaporito; un balneario clásico, de principios del siglo XX, que mi abuelo frecuentó durante años, para completar su menguado sueldo de maestro llevando la contabilidad de aquellos baños populares.

 

En un parque de Cádiz muy bien cuidado, al lado del mar, vimos un monolito con un busto arriba: el de José Celestino de Mutis, el gran botánico español del siglo XIX, que estudió la flora del virreinato de Nueva Granada, en Santa Fe de Bogotá; cuyo actual «jardín de plantas» lleva precisamente el nombre de este gran gaditano y neogranadino...que todos los colombianos consideran como alguien muy suyo.

 

Esa primera visión de Mutis me resultó alentadora por mi interés en pro de un mejor conocimiento del reino vegetal. Y por eso, muchos años después, a la terraza de casa le di el nombre de «Microjardín botánico Linneo-Mutis». Una rela­ción del gran sabio sueco Linneo y Mutis, de la que guardo una carta a su colega español, fechada el 24 de septiembre de 1764, escrita en latín, como todavía era habitual entre los científicos. Luego, pude saber que Linneo, a pesar de haber sido invitado a visitar España, en tiempos del rey Fernando VI, no lo hizo nunca. No se sabe si porque estaba muy ocupado, o porque le sucedió algo similar a lo ocurrido con Erasmo; cuando éste dijo, algo seriamente, ésa es la verdad, aquello de que «Hispania non placet» [España no me gusta].

 

En diciembre de 1953, la ciudad de Cádiz tenía bastante actividad en sus astilleros —Moliner y yo lo sabíamos por nuestros estudios de Estructura Económica—, merced a una ley de 1951 de construcciones navales. No lejos del puerto estuvimos viendo los astilleros del INI, donde acababa de po­nerse la quilla de tres grandes petroleros.

 

En Cádiz, adonde llegamos el 24 de diciembre, con la No­chebuena por delante, pudimos escuchar continuamente el villancico de «Los peces en el río», como sonsonete de fondo. Un canto que a mí me dio la sensación de una tristeza inaca­bable:

 

Pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben, por ver a Dios nacío. Beben y beben, y vuelven a beber, los peces en el río, por ver a Dios nacer.

 

Y en medio de esa y otras canciones navideñas, pasamos la Nochebuena en un chiringuito de la playa Pedro y yo. Con dos gaditanas recién conocidas, ya admiradoras nuestras por la calidad de «viajeros de las estructuras».

 

El día de Navidad partimos de Cádiz en autobús hacia Má­laga, siguiendo casi siempre la costa: San Fernando y Chiclana, Sancti Petri, Conil de la Frontera, El Palmar y el cabo de Trafalgar. Un área de playas espléndidas donde los pinos bati­dos por el viento llegan casi hasta el mar. Naturalmente hubo una evocación de la gran batalla naval que tuvo lugar en aquel cabo en 1805, con un recuerdo maligno de Godoy por su asociación a Napoleón.

 

En Tarifa, el autobús hizo una parada técnica en la que conocimos a una joven estudiante china, que subió al autobús. Y con ella hicimos el resto del viaje hasta Málaga, invitándola a comer en Algeciras. Y nos contó muchas cosas acerca de Chi­na, del nacimiento de la República Popular, y de cómo buena parte de la burguesía puso tierra por medio para no caminar junto con Mao Zedong por la senda hacia el comunismo igualitario en la pobreza. Nuestra amiga y sus padres se instalaron en París, donde ella des­cubrió su vocación de futura hispanista; no llegamos a saber por qué razones.

 

ilustración de Mao Tse-tung, en un billete de los que ahora circulan por la China popular.

 

Por mi parte, esa primera conexión china debió de tener cier­ta relevancia, como inicio de una atracción creciente por el anti­guo Celeste Imperio. Muy lejos, naturalmente, de imaginar que yo acabaría siendo casi un sinólogo, por mis tres libros sobre ese país, el últi­mo de ellos: China, tercer milenio: el dragón omnipotente (2013).

 

 

La Málaga de Cánovas del Castillo.

Don Antonio Cánovas del Castillo, en una escultura en Málaga. 

 

Llegamos finalmente a Málaga, sin que yo pudiera tener ni la más remota intuición de que un día sería cate­drático en la Facultad de Ciencias Económicas de esa ciudad; cuyo puerto entonces estaba más que solitario, prácticamente sin ningún barco y con un enorme silo del Servicio Nacional del Trigo para almacenar cereales.

 

Próxima al puerto, paseamos por la Alameda, a la que los malagueños llaman «el Parque», que se abre con un monumen­to a Don Antonio Cánovas del Castillo, el promotor de la res­tauración borbónica en 1874, y que tuvo su mayor papel en la elaboración de la Constitución de 1876.

 

Yo por entonces no tenía mucho conocimiento acerca de la obra y el significado de Cánovas, y en lo esencial veía su figu­ra como la de un político retrógrado, responsable de la vuelta de los Borbones y de la propia Constitución canovista; consi­derada por Joaquín Costa como el telón de fondo de una farsa de oligarquía y caciquismo.

 

Posteriormente —¿el conservadurismo que va dando la edad, o el mayor conocimiento de los hechos y los contex­tos? — fui cambiando mi apreciación en torno a Cánovas, en una dirección más positiva. Dándome cuenta de que fue un patriota, aunque de acendrado pesimismo, pues veía el país sin posibilidades ya de desarrollar nada importante en la pa­lestra internacional. Ese cambio mío de consideración históri­ca del personaje, se dio en dos momentos sucesivos: el prime­ro, cuando escribí Una idea de España (1985), a partir, primeramente, de lo que fueron, mis clases en la Sorbona, en París. Un trabajo en el que la figura de Cánovas supone un intento de estabilizar la atormentada España de guerras civiles y movimientos convul­sos de los tres primeros cuartos del siglo xix.

 

Ese periodo de paz permitió el comienzo de un cierto progreso económico, aunque Cánovas no supo resolver, seguramente porque era insoluble, la cuestión colo­nial; que llevaría a la Guerra hispano-norteamericana de 1898, que terminó con la pérdida de las últimas posesiones de Espa­ña en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, las islas Maria­nas y las Carolinas.

 

El segundo paso en mi acercamiento a Cánovas, todavía no demasiado estrecho, todo hay que decirlo, se produjo cuando escribí mi novela La segunda vida de Anita Ozores; en ella Don Antonio aparece intercalado con la propia Anita (la Re­genta rediviva de Clarín}, alcanzándose el punto álgido de su relación en la entrevista imaginaria entre los dos personajes, en el balneario de Santa Agueda en Guipúzcoa; justo el día antes del asesinato de Cánovas por el pistolero anarquista Angiolillo, en agosto de 1897.

 

Ya sé que ahora todo eso del siglo xix español le interesa a poca gente, entre otras cosas porque ya casi nadie sabe nada de Historia. Una realidad muy grave porque, como decía Arnold Toynbee:

“el pueblo que no conoce su propio devenir his­tórico, está condenado a ser una colonia cultural”.

 

Seguiremos la semana que viene, todavía en el verano hasta el 21 de septiembre, cuando terminaremos la crónica renovada de un viaje juvenil de hace mucho. Y para observaciones de cualquier clase, los lectores de Tribuna pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net