El viaje de estructura económica (V)

Ramón Tamames ofrece el quinto y último capítulo de este viaje realizado hace casi setenta años.

Como podrán apreciar los lectores Tribuna, en las nueve provincias de Castilla y León, el viaje de estructura económica que en 1953 hicimos Pedro Ramón Moliner y yo, fue un verdadero curso por los espacios visitados y los temas que fuimos tratando, con cantidad de gente que estaban siempre dispuestos a ayudarnos con su bienvenida y su ayuda.

 

Ya vimos las etapas de Puertollano, Valdepeñas, Córdoba, Sevilla y Cádiz, y hoy, 67 años después, llegamos a donde todo es posible: Granada.

 

GRANADA NAZARÍ Y CAPILLA REAL

 

Desde Málaga viajamos en tren hasta Granada, entonces una ciudad muy distinta de la actual, con líneas de tranvías que la conectaban con los pueblos de su amplia Vega del regadío; que en aquellos tiempos se dedicaba al cultivo del tabaco, hoy sustituido en su mayor parte por inmensas choperas, para madera de cajas de transporte, y también para contrachapados.

 

Por lo demás, el turismo era prácticamente inexistente, y uno podía entrar en la Alhambra sin ninguna espera ni cita previa. Dentro del gran palacio nazarí, apenas se encontraba uno a ocho o diez personas buscando el recuerdo de Boabdil y su ma­dre, o de Washington Irving. No como ahora, que es necesario registrarse con tiempo para entrar en la lista de ordenador, con señalamiento de fecha y hora. Leía hace poco, que en 2019, la Alhambra acogió a algo más de tres millones de visitantes.

 

Me causó gran impresión el Palacio de Carlos V, con la forma perfectamente circular de su patio, y su piedra rojiza un tanto enigmática. Por entonces completamente vacío, como abandonado, a pesar de que ya habían empezado los festivales de música de Granada, algunos de cuyos actos se celebraban —y siguen celebrándose— precisamente en el patio circular de ese primer monumento del que sería emperador Carlos V.

 

Imagen de la impresionante Capilla Real de Granada, donde se custodian los restos de los Reyes Católicos.

 

Pero, en Granada, lo que más me fascinó fue la Capilla Real, no lejos de la catedral, donde se custodian los restos de los Reyes Católicos, Felipe I el Hermoso y su esposa, Juana; así como el primogénito de Isabel y Fernando, el infante Juan, que estaba llamado a cumplir un gran papel histórico que se hizo imposible por su muerte prematura; dicen que por su entusiasmo al contraer matrimonio con una hermana del que sería Carlos V, creo recordar que Margarita de Austria.

 

La Capilla Real es uno de los lugares más maravillosos de toda España, por su gótico flamígero y los enormes túmulos de las dos parejas reales mencionadas; en un mármol que asemeja alabastro. Y, sobre todo, impresiona la cripta con sus modestísimos ataúdes al aire. Desde aquel distante año de 1953 de mi primera visita, siem­pre que voy a Granada procuro encontrar un hueco para visi­tar la Capilla Real, en lo que para mí es el encuentro perma­nente con los padres de la nacionalidad española.

 

MINAS DE PLOMO

 

Desde Granada iniciamos nuestro regreso a Madrid, enfilando hacia el norte, con una escala en Linares, para visitar la zona productora de plomo, donde pensábamos encontrar grandes instalaciones mineras. Sin embargo, cuando llegamos, nos in­formaron, en un cafetucho del centro de la pequeña ciudad que las grandes minas ya estaban cerradas, y que solamente quedaban algunas ex­plotaciones artesanales en las que trabajaban por libre mine­ros de las extintas compañías.

 

Allí nos trasladamos con nuestro recién conocido, un via­jante de comercio muy amable que nos llevó en su camioneta. Tenía algún amigo entre los mineros de la zona y consiguió, no sin ciertos esfuerzos de persuasión, que nos dejaran entrar en una de las explotaciones.

 

Un pozo en malas condiciones, con una jaula de bajada y subida más que temblorosa, en la que descendimos para entrar en una galería mal alumbrada donde había mineros atacando con martillos compresores las vetas de galena (sulfuro ae plomo), para con pocas medidas de seguridad extraer el mineral, que después llevaban a una pe­queña fundición de la Localidad. Era una época en que en Es­paña escaseaba él trabajo, y también el plomo, y los mineros seguían en sus labores a pesar de todos los peligros.

 

GUITARRAS Y MANZANILLA

 

Aturdidos y cansados salimos del pozo y, ya a pie y sin pri­sas, nos dirigimos hacia el centro de Linares, para desde allí planear nuestro retorno a Madrid. Y cuando pasábamos por un grupo de casas enjalbegadas y con ventanas floreadas, de una de ellas salía un rasgueo de guitarra acompañado de lo que parecía ser cante flamenco. Nos acercamos al foco del sonido, una casa bien aparente. Llamamos con la aldaba, y para nues­tra sorpresa, nos invitaron a entrar, a lo que era una pequeña fiesta del barrio, tratándonos como si fuéramos amigos de mucho tiempo.

 

Retrato de Boadil, el rey Chico.

 

Nos sentamos a una mesa a tomar unas copas de manzani­lla con aceitunas, a lo que ya íbamos cogiendo afición en nues­tro viaje por Andalucía, y la persona que actuaba de anfitriona nos ofreció diversidad de liandas, así como buena compañía de los más jóvenes que había en el festejo.

 

Nos quedamos un buen rato, incorporándose cantidad de gente a nuestro ruedo, con el deseo de tener noticia del recorrido por La Ándalus, formándose así toda una especie de fin de fiesta inesperado de nuestro periplo.

 

YA PARA MADRID, DE VUELTA

 

Tras los referidos sucesos vespertinos, un amigo ocasional que había participado pasajeramente en el convivium nos llevó en su moto con sidecar al nudo ferroviario de Espeluy, donde teníamos previsto tomar el tren. Para un viaje de diez horas hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, con tiempo frío y seco. Y en el trayecto, en tranvía, desde la estación de Atocha hasta cerca de mi casa, me introduje en el ambiente en las primeras horas de la capital, con los traperos ya de retirada, con sus carros tirados cansinamente por pequeños y humildes borricos.

 

Estación de Atocha. Madrid

 

Terminando el «viaje de estructura económica», si tuviera que hacer un balance del mismo, diría que vivimos la España en sus últimos momentos del estancamiento secular originado por la Guerra Civil, con la plena vigencia del sistema autárquico. Era un país que en todo el territorio que visitamos daba la impresión de estar recién salido de las penurias béli­cas, salvo las nuevas zonas industriales como la de Puertollano y Cádiz. Por todas partes, mucha pobreza: pocas construccio­nes recientes, gente mal vestida, coches viejos y parcheados, pensiones lúgubres con sólo lo elemental, alimentación preca­ria en tascas y tabernas.

 

En cualquier caso, el «viaje de estructura económica» fue muy admirado por quienes supieron de lo mucho que había­mos ido viendo Pedro y yo. Y a los pocos días de volver, nos reunimos una noche en la chocolatería habitual, para contarles nuestras impresiones a Luis Alcaide, Alberto Arias y los demás contertulios.

 

Nuestros amigos, implícita o explícitamente, expresaron su envidia por no haber participado en aquellas correrías de doce días de un sitio para otro, durante las cuales yo me había gas­tado en total, de mis ahorros, unas 1.500 pesetas, es decir, poco más de 100 pesetas diarias, incluyendo transporte, aloja­miento en pensiones, comidas y todo lo demás. 1.500 pesetas son hoy 9 euros. Claro que la inflación lo explica casi todo.

 

En definitiva, volvimos del viaje con una mezcla de sensa­ciones contradictorias por el pesimismo que suscitaba la situa­ción en que se encontraba toda la España del Sur —título que luego escogió Alfonso Carlos Comín para un libro que tuve ocasión de prologarle—. Y al tiempo, encontramos que nues­tra tournée era susceptible de la aplicación de aquella célebre frase del filósofo italiano Antonio Gramsci: «Contra el pesi­mismo de la inteligencia, está el optimismo de la voluntad».

 

Esperamos que los lectores de Tribuna hayan podido darse cuenta de lo que era la España de 1953. Y si tienen cuestiones adicionales que plantear, deben conectar con el correo electrónico castecien@bitmailer.net. Cualquier clase de observaciones será bienvenida.