En el Ejército Español (I)

Después del viaje virtual por las nueve provincias de Castilla y León que hemos hecho en los tres últimos artículos de Tribuna, entramos hoy en alguno de los escenarios allí evocados, para algunos detalles que creo pueden merecer la pena, en medio de la pandemia que persiste.

 

Una de las grandes cuestiones que se planteaba todo hijo de vecino, en edad de ello, en mis tiempos juveniles, era la forma de hacer el servicio militar. En los niveles sociales en que nos encontrábamos la familia Tamames, supuestamente de clase media-media, eran bastantes los que se buscaban un enchufe a través de algún amigo o conocido en las Fuerzas Armadas, para alistarse como voluntario, y quedarse destinado en Madrid. Así, después de hacer la instrucción en un CIR (Centro de Instrucción Regimental) y jurar bandera, todo junto en unos tres meses, podían seguir combinando sus estudios con su deber militar en alguna oficina. Donde con unos ciertos conocimientos, los estudiantes universitarios hacían de chupatintas, contables, gestores de correspondencia, u otras labores de ayuda al alto mando.

 

Hoy, esas cuestiones quedan ya lejanas. José María Aznar, en 1996/2000, como Presidente del Gobierno, acabó con la Mili, y son muchos los que piensan que es necesario restablecer algún tipo de servicio militar/social para sentir más la patria, con prestaciones personales y ahora ya sin diferencia de sexo.

 

Volviendo a los años 50 del siglo XX, diré que, en el caso concreto de mis hermanos y yo mismo, nuestro padre tenía sus particulares ideas sobre el tema, pues tras la guerra civil, la cárcel y las depuraciones que fueron padeciéndose por los vencidos, se veía el servicio militar como una de las formas de reconvertir a sus hijos. En especímenes no tanto de la nueva España, en la que no se creía y mucho menos del régimen que tantas veces se detestaba; pero sí en «españoles de cuerpo entero», a efectos de algunos elementales derechos, en materia de actividades universitarias y oposiciones a cuerpos del Estado.

 

En la dirección apuntada, mi padre, Don Manuel, Doctor en Medicina y Cirugía, decidió que en vez de buscarnos un enchufe o hacer el servicio militar corriente, mejor debíamos entrar en la oficialidad, a través del sistema de la Institución Premilitar Superior, coloquialmente conocida por la sigla IPS, o más aún Milicia Universitaria. Y con tales planteamientos in mente, el progenitor de cuatro hermanos y una hermana, abordó una serie de gestiones, de modo que, a pesar de sus antecedentes republicanos, y de su paso por la cárcel y avatares subsiguientes, su progenie pudiera entrar en el glorioso ejército español. Para lo cual recurrió a una conexión decisiva, que fue el General Rodrigo, que por entonces era el jefe de la Milicia Universitaria y a quien creo le había prestado alguna atención médica. Fue así como pudimos inscribirnos en la IPS y aunque hubimos de pasar por toda una sucesión de trámites, al final todo fue como una seda.

 

En definitiva, la expectativa que tantas gestiones costó a mi padre, comenzó a hacerse realidad cuando nos concentraron en la estación del Norte de Renfe, la del Príncipe Pío, subimos al tren que había de llevarnos a Segovia; en un viaje que fue un verdadero maremágnum de conocimientos personales, ideas fantasiosas sobre cómo íbamos a estar en el campamento, y tantas otras cosas.

 

Al arribar a la estación de Segovia cargamos las maletas —la mía de madera que había comprado pocos días antes, de segunda mano, en El Rastro, atada con una cuerda en varias camionetas. Luego, formamos por compañías, e hicimos la marcha a pie hasta San Ildefonso de La Granja, a una cadencia bastante fuerte. Tuvimos que andar unos ocho kilómetros, en un día muy soleado, y siempre mirando a la cara norte de la Sierra de Guadarrama; visualizando el macizo de Peñalara, una ladera de la que luego supe que lleva el nombre de El Glaciar, donde aún se veía gran cantidad de nieve. Fue una marcha espléndida, que resistimos bien por el entusiasmo juvenil que teníamos, y a pesar de que dentro de las botas ya empezaban a formarse las típicas ampollas.

 

 

Llegamos al campamento, que a mí me produjo gran impresión, por la belleza del lugar: un auténtico bosque de robles, enormes, con extensas praderas de hierba aún fresca, casi de primavera. Y allí nos distribuyeron por compañías, con tiendas circulares de 16 soldados, bajo los árboles centenarios. Un espacio al que acabó uniéndome verdadera afición, sobre todo a la hora de las luces mágicas del amanecer y del anochecer.

 

Después he revisitado El Robledo en varias ocasiones con no poca nostalgia por los buenos recuerdos que guardo de aquellos tiempos despreocupados, en que hacíamos lo que queríamos siempre que se respetara la disciplina militar. Porque si bien todos renegábamos de la mili, antes de hacerla, lo cierto es que, en ella, por primera vez, la inmensa mayoría, vivíamos fuera de casa. O como decía un colega:

 

  • ¡Sin padre, ni madre, ni perrito que te ladre! ¡Esto es vida… aunque estén los toques de trompeta!

 

En el campamento tuvimos unos oficiales muy apreciables que ya conocían el talante universitario. El primer verano, al Capitán Más, de buen aspecto, con bigote negro un poco a lo Ronald Colman como mi padre. Con sus tenientes nos daba clases de táctica, rudimentos de tiro, ordenanzas, etc., debajo de los robles.

 

El capitán del segundo verano fue muy distinto. Se llamaba Gancedo, y era la contramedalla de Más, Gancedo tenía un aspecto, sin ánimo de ofender, un tanto rufianesco, de hombre desconfiado, tal vez por sentir un cierto complejo de inferioridad en relación a los futuros juristas, economistas, médicos o filósofos: éramos universitarios, y él no había llegado a ese rango. Que en su fuero interno debía considerar como una categoría excelsa. Eso se apreciaba, a veces, por sus expresiones, por ejemplo, cuando para colocarnos en nuestro sitio, utilizaba lo que él pensaba eran auténticas conminaciones lapidarias:

 

—  ¡Oiga Tamames, no se pase de listo, porque Vd. no es ningún Unamuno!

 

Yo no tenía muy claro si realmente el capitán Gancedo sabía quién era Unamuno, y menos claro aún que Unamuno fuera o no militarista. Pero en vez de a Einstein o a San Isidoro de Sevilla –por dos decires—, tenía a Don Miguel en la cúspide de su admiración. Por lo demás, cuando salía a relucir Unamuno, uno de los compañeros de tienda, Alberto Vera, sin dejarse ver, y con voz un tanto gutural, como en la de off en el cine, para que no se le reconociera, exclamaba lo que debía ser trabalenguas de su infancia:

 

— ¡ …A Unamuno, una mona, le mordió la mano…!

 

Las deficiencias de Gancedo se compensaron con sus oficiales, entre los cuales recuerdo al Teniente Bonnelli, alto, fuerte, dinámico, que siempre se manifestaba entusiasta de su profesión, contagiando de ese ánimo a quienes les rodeamos. Y llegó a convencernos de algo muy importante: que un ejército aguerrido vale por cinco, ilustrando su hipótesis con gran eficacia:

 

— Ya vieron Vds. cómo en 1947/48, el ejército israelí, con unos efectivos que apenas eran la décima parte de las fuerzas árabes que rodeaban al nuevo Estado de Moisés, les ganó la guerra a las fuerzas combinadas de Egipto, Siria y Transjordania, amén de los palestinos y ayudas que llegaron de Líbano, Arabia Saudí, Irak, etc.  ¿Por qué? Muy sencillo, porque tenían una causa que defender: la vuelta a la tierra prometida, en que 2.000 años antes había morado sus ancestros. Pero también ganaron la guerra porque era gente endurecida por el entrenamiento, preparados para el combate, con una movilidad formidable. Y con buen manejo de armas de última generación suministradas por EE.UU. Lo que les daba capacidad suficiente para asestar golpes por sorpresa en las condiciones casi increíbles. Nosotros, con menos medios que los israelíes, también podemos disponer de un ejército dinámico… recuperando lo mejor de nuestras tradiciones de principios del siglo XIX: la guerra de guerrillas que asombraron y mortificaron a Napoleón… Si no hubiera intervenido en España, con 500.000 hombres de guarnición en la Península, otro gallo le hubiera cantado en Rusia y en Waterloo…

 

Como Bonnelli había muy pocos, y tales observaciones, que tanto se recuerdan las que después se dan en las actuales Escuelas de Negocios, no eran tan frecuentes.

 

Lo dejaremos aquí esta semana, con la pandemia y su confinamiento, hasta el 9 de mayo… por lo menos, y casi seguro que hasta San Isidro Labrador. Un saludo a todos, cuídense mucho, y si quieren contactar con el autor, ya saben: castecien@bitmailer.net.

 

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