Hernán Cortés, gigante de la historia, en Valladolid

Hernán Cortés, retrato del siglo XIX obra del pintor mexicano José Salomé Pina. (Colección Museo del Prado).

Aunque la inmensa mayoría no se han enterado, estamos viviendo en 2020 –cierto que con todas las complicaciones de la pandemia, que evoca más que nada el Decameron de Bocaccio y La Peste de Albert Camus— el Año de Hernán Cortés. Que empezó el 8 de noviembre de 2019, fecha de entrada solemne del gran conquistador en Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, y comienzo de una saga de la que procede México, con sus casi 130 millones de hispanohablantes.

 

En este año de conmemoración de sucesos de hace medio milenio, me permito evocar, especialmente para los amigos de Castilla y León, el hecho de que Don Hernán vivió durante más de dos años en Valladolid, donde se instaló de 1543 a 1545. Teniendo en la Pucela de hoy encuentros con Juan Ginés de Sepúlveda, defensor de que los indios eran seres humanos, con alma propia, pero que necesitaban de la tutela de los españoles. Como también se vio en ese tiempo con el antagonista de Sepúlveda, Bartolomé de Las Casas, que proclamaba la igualdad entre blancos y mexicas, pero no con los negros, presuntamente carne de esclavitud.

 

En Valladolid, Cortés ayudó a López de Gómara a escribir su valiosa crónica sobre la conquista de México. Pero según Christian Duverger también pudo escribir en la ciudad del Conde Ansorena la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, que desde siempre se había atribuido a Bernal Díaz del Castillo. Una tesis rompedora de la Historia, que Duverger expuso en su libro Crónica de la eternidad[1], donde defiende la idea de que Don Bernal no pudo ser autor de la Historia Verdadera, por una serie de citas clásicas, lagunas de tiempo, y contradicciones no apreciadas antes por la historiografía[2].

 

Según Duverger, la decisión de Cortés de escribir la Historia Verdadera, tuvo motivaciones bien concretas. La primera de ellas, que sus cartas de relación al Emperador Carlos V, tuvieron gran difusión, lo que dio al Conquistador un timbre de gloria, que rápidamente se extendió por toda Europa, algo que molestó mucho en la Corte de Valladolid. Donde Don Hernán no era muy bien visto por sus antecedentes de rebeldía frente a Diego Velázquez Cuéllar, gobernador de Cuba; y marcadamente por su éxito personal en la empresa de la conquista de México y su efectiva creación de la Nueva España.

 

En la misma Valladolid, Cortés creó en su casa una verdadera Academia, de la que tenemos noticia a través de Pedro de Albret, también conocido como Pedro de Navarra o Pedro Labrit. Que fue un cortesano eclesiástico, obispo de Comenge (Francia), diplomático y escritor; e hijo bastardo del último rey de Navarra, Juan III de Albret, con María de Ganuza, vecina de Estella[3].

 

En esa Academia (sólo podía ocurrírsele a Don Hernán una cosa así), su creador recibió a personas muy doctas en temas de filosofía moral, con asistencias como la del cardenal Poggio; Fray Antonio de Guevara[4]; el experto Dominico Pastorelo (arzobispo de Callar, Cagliari); el docto fray Domingo de Pico; el prudente don Juan de Estúñiga, comendador mayor de Castilla; el grave y cuerdo Juan de Vega; el ínclito don Antonio de Peralta, marqués de Falces, con don Bernardino su hermano; don Juan de Beaumont, y otros eminentes próceres, que discutían de todo lo divino y lo humano.

 

También en Valladolid –nos dice María del Carmen Martínez Martínez, Catedrática de Historia de América, de precisamente la Universidad de Valladolid—, Cortés trabajó cosas de su patrimonio y su familia. Concretamente, acordó con Pedro Álvarez Osorio, marqués de Astorga (el 30 de julio de 1545), casar al hijo mayor del referido título con su primogénita, María Cortés de Zúñiga. Para lo cual se comprometió a dotar a la novia con 100.000 ducados de oro –una suma elevadísima—, cuya entrega “se efectuaría en varios pagos en los cinco años posteriores al acuerdo”. Los veinte mil ducados del primer plazo se hicieron efectivos prácticamente de inmediato, y al final no llegó a celebrarse la boda, sin que el padre del solicitado novio devolviera el dinero.

 

No teniendo ya nada que hacer en la Corte, en Valladolid, por el desdén que de manera ruin le profesó Carlos V, Don Hernán se trasladó primero a Madrid y después a Sevilla, donde ya tuvo que hacer economías, pues si bien era muy rico en propiedades, tenía muchos gastos de sus expediciones al Mar del Sur y de sus casas, y de numerosos procuradores, administradores, agentes y criados. Y tan rico era que, incluso con las estrecheces que sufrió en los últimos meses de su vida, por su Testamento pudo saberse que en la antigua Hispalis mantenía mayordomo, contador, repostero, camarero, paje de cámara, botiller y caballerizo.

 

Pensando en todo esto, y muchas cosas más, creo que Valladolid, con su Universidad, debería celebrar –quizá ya lo esté haciendo en parte— una sesión cortesiana; cosa que ya le propuse al Presidente de la Comunidad Autónoma, sin tener todavía respuesta a esa sugerencia. Se lo recuerdo con este artículo, para cuando cese la pandemia, of course.

 

El autor agradecerá las observaciones que se le quieran hacer, a través de castecien@bitmailer.net

 


[1] Christian Duverger, “Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España?, Taurus, México, 2012. que salió al mercado en España poco tiempo después editado por Taurus. Aquí utilizamos la edición, también de México, de 2015, Debolsillo.

[2] Entrevista por Jesús García Calero, ABC, 14 de mayo 2013.

[3] Cabello Porras, Gregorio, «Pedro de Navarra: revisión de un humanista. Bibliografía repertoriada de los siglos XVI-XVII». Lectura y signo (Universidad de León), 2008.

[4] Fray Antonio de Guevara (Treceño, Cantabria, España, 1480 - Mondoñedo, Lugo, España, 3 de abril de 1545), escritor y eclesiástico español, uno de los más populares del Renacimiento en toda Europa. Su deseo de gloria y fama y su contagioso entusiasmo por las novedades, hicieron de él un espíritu plenamente renacentista. Su influencia en la política imperial de Carlos V se refleja en una opinión muy restrictiva: no debía extender sus dominios más allá de los recibidos por herencia.

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