Iconos literarios de un autor (IV)

Itzea, casa de Pío Baroja en Vera de Bidasoa (Navarra).

Hasta aquí, en el artículo que lleva por título el epígrafe de su cuarta entrega, me he referido a una serie de aficiones literarias de mi primera juventud, en la entonces mermada España de la inmediata posguerra, los años 40 del siglo XX. Y dentro de esas aficiones y experiencias, ya más tarde, en los años 50, ocupa un lugar muy especial la figura de Pío Baroja, cuyo conocimiento para mí obedeció a circunstancias bien concretas, que explico a continuación.

 

BAROJA, MAESTRO DE LA VIDA 

 

Más o menos en 1948, con quince años, estábamos en casa los cuatro hermanos varones, discutiendo un problema de no recuerdo qué, y de pronto la lámpara que había sobre la mesa –un globo de cristal, seguro que por deficiente fabricación-, estalló en mil pedazos que salieron despedidos como metralla. Con la mala suerte de que algunos de esos fragmentos me hirieron en las manos, con cortes de los que empezó a salir sangre.

 

Mi padre, Don Manuel, médico cirujano, acababa de pasar su habitual consulta de por las tardes, al oír el ruido llegó rápidamente y ante el efecto de los impactos –sólo yo estaba dañado- reaccionó rápidamente y me llevó a su despacho, para allí curarme y sobre todo tranquilizarme; porque el susto del estallido y del dolor en los dedos, me pusieron un tanto fuera de mí.

 

Al terminar la cura, me recomendó que permaneciera un rato en su miniclínica, reposando. Y fue entonces cuando sobre una mesa vi el primer tomo de las obras completas de Pío Baroja, hermosamente encuadernado en piel roja, que mi progenitor había adquirido recientemente de su amigo, José Ruiz Castillo, propietario, como ya se ha dicho en esta serie de artículos, de Biblioteca Nueva; editorial en la que se publicaba la ingente obra del gran escritor vasco en un proyecto que acabaría siendo de ocho tomos.

 

Cogí el libro para distraerme, y empecé a leer una de las novelas, La busca, de la trilogía 'La lucha por la vida', y me sentí enganchado desde el principio. Rápidamente se me olvidó el episodio de la lámpara rota, y lo que son las cosas de la vida: de un susto repentino, entré en mi iniciación barojiana. El primer tomo de las obras completas lo leí en pocas semanas y a partir de ahí, como las obras completas iban lentas en su publicación, busqué novelas sueltas de Don Pío en ediciones más antiguas, en la Cuesta de Moyano y otras librerías de viejo; en muchos casos del editor Caro Raggio, el cuñado italiano de Baroja.

 

Años después, ya en la Universidad, en 1952, en un ambiente mucho más literario y a los 19 años, fue cuando comentando esas lecturas en la Facultad de Derecho, con otros dos asiduos lectores barojianos decidimos visitar a Don Pío. Para lo cual me encargué de averiguar cuando estaba en Madrid nuestro autor –tenía noticia ya muy completa de la existencia de la mansión de Itzea en Vera de Bidasoa, Valle de Baztán—, en su casa de la calle de Ruiz de Alarcón número 12, cerca de la Real Academia Española y del Parque de El Retiro.

 

Pío Baroja (1872-1956). 

 

LA VISITA A DON PÍO 

 

Como conocedor que era de la buena relación de mi padre con Ruiz Castillo, el editor de las Obras Completas de Baroja, comuniqué a mi progenitor nuestro cultural propósito, por si podía ayudarnos. Pero mi progenitor, en una primera reacción trató de hacernos desistir de la idea:

 

  • Hijo, Don Pío es ya muy mayor, y no está para visitas. Y menos aún de lectores tan precoces como tú y tus amigos.

 

  • Pero, padre, comprende que, si precisamente puede morirse en cualquier momento, sería bien triste no llegar a conocerle… Así que podías decirle a Ruiz Castillo que nos procurara ese encuentro.

 

  • ¡Ni hablar…! Te lo repito: Don Pío está muy viejo y no recibe visitas. Olvídate del tema, que hay otras cosas de que ocuparse…

 

No me di por vencido con tales reconvenciones, y con los otros dos barojianos de marras –Jorge Cela Trulock, hermano de Camilo; y José Luis Abellán, un sesudo personaje desde su primera juventud—, nos pusimos de acuerdo, y un buen día nos acercamos a la casa del escritor; sabiendo que, más o menos a las seis de la tarde, se iniciaba su vespertina tertulia. Llegamos al portal y preguntándonos el cancerbero a qué piso íbamos, le dijimos que a la tertulia de Don Pío:

 

  • Muy jóvenes me parecen ustedes para verse con señores tan provectos…

 

  • Sí, sí, es cierto que somos jóvenes, ya se ve, tiene Vd. toda la razón –asentí yo, de lo más contemporizador—, pero ya nos ha indicado Don José Ruiz Castillo, el editor de Don Pío, ya sabe, para que viniéramos precisamente hoy… Así que Don Pío nos espera…

 

  • Bueno, eso ya está mejor… si vienen Vds. de parte de Don José, es otra cosa. Suban, suban, que Don Pío está arriba… Hace unos minutos le he subido el correo y la prensa de la tarde…

 

LA GENERACIÓN DEL 98

 

Subimos en el ascensor, tocamos al timbre, y en unos segundos se abrió la puerta. Era el propio Don Pío, con un gabán negro de grueso paño, tocado con su habitual boina vasca y con una bufanda al cuello del mismo color.

 

Nos presentamos debidamente ante el escritor español más preclaro de nuestra juventud. Verle en persona fue como entrar en la historia de la Literatura. Le saludamos:

 

  • Buenas tardes, Don Pío, somos estudiantes de Derecho, de la Universidad de Madrid, lectores suyos... Veníamos a visitarle… si a usted no le parece mal, claro…

 

A Baroja le debimos causar buena impresión, con corbata como íbamos, y bastante bien trajeados. Sonrió de la manera que muchos no llegaron a conocer, entre infantil y feliz. ¡Estábamos con la generación del 98 a la vista! y nos invitó a pasar:

 

  • ¡Ah, pues muy bien! Entren, entren. Precisamente ahora vamos a comenzar la tertulia de todas las tardes… aunque ya verán que quienes aquí nos juntamos somos un hato de carcamales…— Y volvió a sonreír, esta vez con alguna malicia.

 

Pasamos al salón de la casa, acogedor, con estanterías por todas partes rellenas de libros, y el anfitrión nos indicó que nos sentáramos en un tresillo verdoso, al lado de varias sillas de madera, formando corro. Don Pío se acomodó en un sillón de orejas situado en el centro del escenario, y nos presentó a sus amigos:

 

  • Aquí tienen Vds. a tres estudiantes de Derecho de la Universidad de Madrid que vienen a vernos –dijo muy sonriente-. Así que trátenlos lo mejor posible, porque son gente joven y tienen que irse pensando que somos personas bien educadas…

 

Esa fue la tónica del vespertino encuentro que duró algo más de tres horas, durante las cuales, siempre que se trató cualquier tema, los provectos contertulios se interesaban por nuestra opinión. Debió ser que la presentación hecha por Don Pío les caló muy a fondo… y tal vez por la circunstancia de que recibir a tan tiernos barojianos no era lo más frecuente en aquel vespertino cenáculo.

 

EN ITZEA 

 

Antes de narrar lo que fue la Tertulia Baroja, recordaré que en tiempos posteriores, he tenido una muy buena relación con la familia Baroja, siendo en el verano de 1960 cuando, en un viaje con mi amigo Jaime de Ojeda –traductor al español de Alicia en el país de las maravillas—, visitamos Laredo, y discurrimos por toda la costa vasca, en plenas fiestas de verano: Bermeo, Lekeitio y Zarauz, hasta llegar a San Sebastián. Allí, nos alojamos en casa de Enrique Múgica, con todas las atenciones por parte de su madre, Paulette, tan hospitalaria y simpática. Ella nos habilitó un salón con dos cómodos sofás para pasar la noche en nuestros sacos de dormir.

 

Aquellos días en Donostia (de paso recordaré que es una palabra de origen latino y no vasca, pues significa el santo, Dom, que llegó de Roma, desde el puerto de Ostia), fueron de ameno asueto. Con visita incluida a una de las sociedades gastronómicas preferidas por Enrique, donde nos recibieron casi como a verdaderos héroes, por ser sus amigos a quienes nos presentó de esta guisa:

 

  • Aquí tenéis a dos madrileños de pro… –dijo a los demás comensales que admiraban las expresiones de su insigne paisano—: Ramón y Jaime, que darán mucho que hablar… Bueno Ramón ya ha empezado a hacerlo…—. Y en esa referencia, esbozó una sonrisa entre maligna y exultante.

 

Ya en el viaje de vuelta a Madrid, desviándonos para Navarra, entramos en el Valle de Baztán, por Vera de Bidasoa, para visitar Itzea, la mansión de los Baroja. Llegamos allí después de preguntar por el pueblo, y al acercarnos a la casona, a un señor que estaba en la puerta le preguntamos si podríamos hacer la visita:

 

  • ¡Naturalmente, Ramón!, ¿cómo no vais a poder, si precisamente tú y yo somos compañeros del Liceo Francés, pendant nôtre jeunesse?... Soy Pío Caro Baroja

 

Se acercó, me dio un abrazo, saludó a Ojeda, y en esas estábamos cuando apareció por la puerta su hermano, Julio Caro Baroja, a quien no conocía más que de lecturas:

 

  • Adelante, adelante, pasen Vds. –dijo Julio Caro con el menguado alborozo que podía expresar su rostro, siempre tan adusto.

 

La visita a Itzea fue algo extraordinario. Estuvimos más de una hora viendo los pormenores de sus estancias: el comedor, el salón, la enorme biblioteca del piso más alto, con un modelo grande de un velero, un clipper, colgando del techo. E incluso entramos en la habitación donde había dormido Don Pío en sus últimos años. Fue un recorrido entrañable, que luego he repetido en dos ocasiones, la última con la familia Tamames y agregados, en un viaje que hicimos para visitar varios lugares de Navarra.

 

Y para terminar recordaré, otra vez, que Don Pío reposa, desde 1956, en la tumba del Cementerio Civil al lado de la de mi padre, que llegó a ese mismo lugar diecinueve años después, en 1975. Así las cosas, cuando vamos a saludar a Don Manuel, nuestro progenitor, los cinco hermanos que somos, aprovechamos siempre para rendir los honores a Don Pío en su última morada:

 

  • «¡Qué buen padre y que talentoso escritor! ¡Qué bien que estén juntos!» – Ese pensamiento me salió un día del alma…

 

 

Y seguiremos el próximo viernes, 26 de junio, ya con la larga visita a Don Pío Baroja, no se la pierdan. Será ya cuando se haya levantado el Estado de Alarma, lo cual no significa que el problema del Covid-19 haya pasado definitivamente: por aquí va a seguir, y por ello, cuídense mucho. Y si los lectores de Tribuna quieren contactar con el autor, pueden hacerlo a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net

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