Iconos literarios de un autor

Artículo de opinión de Ramón Tamames en Tribuna Valladolid.

Después del largo artículo para Tribuna, del pasado 15 de mayo sobre la pandemia económica, volvemos hoy, viernes 29, a algunos recuerdos de otros tiempos más felices. En este caso sobre literatura, pensando ya en dedicar un espacio particular al centenario del nacimiento de Miguel Delibes.

 

Empezaré por decir que mis aficiones literarias vienen de muy lejos. Cuando era niño y vivíamos en la calle del General Goded de Madrid, allá por los cuarenta del siglo XX, en el barrio de Chamberí, mi padre había reunido una considerable biblioteca, que mucho después fue ampliándose con las aportaciones de los propios hijos y especialmente un servidor. Y llegando a un cierto número de volúmenes, hice un catálogo de todos los títulos; con un ex libris que encargué en forma de sello de goma que conservo: una palmatoria con su vela ardiendo, al lado de un libro abierto. Luego, ya de mayor, siempre quise repetir la proeza de tener mis libros catalogados, pero nunca lo conseguí.

 

Pero en los tiempos juveniles de mis hermanos y míos, la principal fuente literaria nutricia de la familia Tamames (algo así como el Alma Mater) fue una librería de préstamo de novelas, a la que nosotros llamábamos La Pescadería; por estar en el mismo local donde antes había funcionado un establecimiento de venta de pescado. Que no sé por qué circunstancias cerró, seguramente porque el negocio del papel usado, en medio de las escaseces autárquicas, daba más dinero entonces. Y en paralelo a la compra y clasificación del papelote y cartón, aprovechando que tenían local más que suficiente, montaron un negocio de alquiler de novelas, cuya vida se prolongaba así en vez de ir al reciclaje.

Julio Verne, visitador mental de casi el mundo entero desde su despacho

 

Nosotros íbamos a La Pescadería con verdadera fruición, los cuatro hermanos, que dormíamos en la misma habitación, y que en las tardes de verano teníamos grandes sesiones de lectura en común, tras la siesta, en voz alta. Con vacaciones y sin nada que hacer, porque entonces, los difíciles años 40 del siglo XX, no se viajaba. Así las cosas, a las horas del máximo calor, sin aire acondicionado ni nada parecido, yo leía y los demás hermanos escuchaban, y así nos pasábamos las horas. Eso nos creó un gran hábito de lectura… o de audición.

 

De las aficiones en común de aquella época destacaré el entusiasmo que llegamos a sentir todos por Tarzán de los monos y demás novelas de Edgar Rice Borroughs, en los diversos episodios del personaje; criado en la selva por los chimpancés, y descubierto por una expedición de blancos, a pesar de lo cual siguió viviendo en la selva con sus demás habitantes, humanos y, sobre todo, simios, leones, elefantes, etc.

 

Portada de la primera edición, en inglés, de la novela de Tarzán (1914)

 

Tarzán se ennovió con Jane, formándose así, con su hijo Boy, el trío que vivía en una casa en el más alto de los árboles; con la célebre mona Chita, que no era mona sino mono, y que –luego me enteré con sorpresa— murió en Hollywood, en 2012, a los 80 años de edad.

 

Nuestra afición literaria por Tarzán se combinaba con las películas, todavía en blanco y negro: encuentros con misteriosas tribus africanas en estado absolutamente primitivo, luchas con intrusos esclavizadores. Y, sobre todo, disfrutábamos con los desplazamientos de nuestro gran héroe por el bosque, utilizando las lianas como sistema usual de transporte.

 

Las novelas de Tarzán, a mí me hicieron desear ver las junglas tropicales, lo cual luego fue haciéndose realidad a lo largo de mi vida. En viajes a Panamá, Costa Rica, Brasil, Camerún, Kenia, Malasia, Indonesia, Filipinas y otros varios. Casi siempre con mi mujer, Carmen.

 

Con los años, Tarzán pasó a tener otro significado, el del buen salvaje de Jean-Jacques Rousseau… Y cuando el actor Johnny Weismuller –el mejor intérprete de los varios que hubo de Tarzán— murió el 21 de enero de 1984, para mí fue como un día de luto, sintiendo en mis oídos el escalofriante grito, que tenía su origen –cosas de la vida— en el Tirol. Ya se sabe, la parte más alpina de Austria de donde procedían los Weissmuller; cuya etimología, del alemán, es “molinero blanco”.

 

Otra de las lecturas que influyeron en mis aficiones viajeras –además de Julio Verne con todas sus novelas, y Haro Rider Haggard con Las minas del Rey Salomón y Thor Heyerdahl con Kon-tiki– fue la trilogía de Charles Nordoff y James Norman Hall, sobre la Bounty, integrada por tres volúmenes sucesivos: Rebelión a bordo, Hombres contra el mar, y La isla de Pitcairn. Una de las grandes historias con base real del siglo XVIII. el viaje del capitán Blight al frente del velero Bounty, en busca del árbol del pan de la Polinesia; a fin de llevarlo a las Antillas, donde serviría de alimento de bajo coste para los esclavos de las plantaciones e ingenios azucareros.

 

De tan singular trío de novelas, se ha hecho, por lo menos, que yo conozca, tres sucesivas versiones cinematográficas. La primera de ellas de Clark Gable y Charles Laughton, la segunda —para mí la mejor—, de Marlon Brando con Trevor Howard, y Richard Harris. Y la tercera, de muy inferior calidad a las dos primeras, dirigida por Roger Donaldson e interpretada por Anthony Hopkins, Mel Gibson, Lawrence Olivier y Liam Neeson.

 

Años después de ver esos filmes, visité parte de los escenarios por los que navegó la Bounty. Fue con ocasión de invitarnos a Carmen y a mí, Hugo Neira, gran amigo peruano, que en sus tiempos de estudiante universitario había estado trabajando en España como redactor de Cuadernos para el Diálogo, que dirigía Pedro Altares. Por entonces no nos llegamos a tratar mucho, pero después, en una de sus visitas a España, participó en uno de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense sobre relaciones internacionales que yo dirigía en El Escorial.

 

Fue entonces cuando Hugo me ofreció que visitara Tahití, para participar en los cursos organizados por los profesores franceses de español en aquella isla, un grupo del que él mismo era parte –gracias a su mujer, Claire, francesa—, desarrollando una gran labor, junto con sus colegas galos. La realidad es que en muchos países donde no ha llegado ni seguramente nunca llegará el Instituto Cervantes esos hispanistas del país vecino trabajan con un entusiasmo realmente admirable.

 

Marlon Brandon, en el papel de Fletcher Christian en uno de los filmes sobre la novela Rebelión a bordo

 

Al final, y después de mucho conversar sobre el viaje a Tahití con las autoridades académicas francesas —que se empeñaban en hacernos viajar con el mismo itinerario a la ida y a la vuelta por Air France—, conseguimos que nos permitieran dar la vuelta al mundo. Así las cosas, en la primavera de 1994, Carmen y yo volamos de Madrid a Los Ángeles, y desde allí a Papeete, para una semana y donde impartí un seminario sobre la transición española según me propuso Hugo Neira: casi increíble en el centro del Pacífico.

 

Verdaderamente formidable vivir en el Hotel Hyatt, después de renunciar, eso sí con muy buenos modos, a la residencia de profesores, que era una especie de albergue juvenil que daba a un patio muy verde pero sin ninguna vista. Así que nos trasladamos al mejor hotel de la isla, con unos horizontes casi increíbles de mares e islas; todo ello con el extraordinario fondo de canciones polinésicas en los grandes jardines y las espléndidas piscinas del hotel, por cuenta de la Universidad Francesa del Pacífico.

 

Hicimos algunas visitas por la isla y sus aledaños. Entre ellas la del Museo Gauguin, y también la isla de Moorea, que en su totalidad es un parque natural bien preservado; uno de los escenarios de las aventuras de navegación del capitán Cook en el siglo XIX. Si bien debe aclararse que las Islas Marquesas, más al norte del de las del Archipiélago de la Sociedad, donde está Tahití, fueron descubiertas por el navegante español Álvaro de Mendaña, poniéndoles ese nombre en honor de la esposa del entonces Virrey de Perú Andrés García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete.

 

 

En una entrevista que Hugo me proporcionó con el gobernador general de la Polinesia Francesa, estuvimos hablando de todo eso, y de las navegaciones de los mahories por todo el ancho océano, a quienes se ha llegado a llamar, no sé si debidamente, vikingos del Pacífico Sur.

 

Nuestra estadía en Polinesia fue excepcional y allí revivimos el escenario de las aventuras de la Bounty. Incluso estudiamos la posibilidad de viajar a la isla de Pitcairn, el destino final del rebelde Christian Fletcher y sus compañeros. Pero acceder a tan lejano territorio, sólo por barco, necesitaba de mucho tiempo, por lo que desistimos de tales singladuras.

 

Con el tiempo, el Pacífico ha seguido interesándome, cada vez más, eso es lo cierto. Y en el verano de 2012 tuve ocasión de preparar una conferencia en la Casa de la Cultura de San Lorenzo de El Escorial, de la que prácticamente está resultando un librito con el título de El lago español: navegaciones y conquistas ibéricas en el Océano Pacífico (siglos XVI a XIX). Y ese libro fue el origen de otro que aún tengo en el telar y al que un día me referiré.

 

Quedamos por el momento aquí, para seguir con las inquietudes literarias en la próxima entrega de este artículo, siguiendo en tiempos de pandemia, pero cuando en Castilla y León y en Madrid estaremos a punto de pasar a la fase 2.

 

Y como siempre, para conexión con el autor, los lectores de Tribuna pueden escribir al correo electrónico castecien@bitmailer.net. Las observaciones que quieran hacer los telelectores de Tribuna, serán bienvenidas.

 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: