La desescalada política

Tenemos que seguir desescalando con cuidado pese a que algunos, como los de Irún por San Marcial o los aficionados del Baskonia en Vitoria, quieran volver de la cima al valle tirándose de cabeza. Del estado de alarma a la fiesta masiva en quince días. Pese a todo, parece que en las últimas semanas las cosas se están calmando un poco, al menos en el esquizofrénico panorama político español. Tal vez son solo apariencias, pero es posible que haya comenzado por fin la desescalada en la política.

 

El presidente Sánchez hablaba el otro día en la frontera portuguesa de llegar a grandes acuerdos. Esperemos que fuesen unas declaraciones sinceras y no fruto del sofocante calor. También habla ya en la tele de reducir la deuda y el déficit. El cambio de actitud es evidente. Moncloa, cada vez más cerca del abismo de los presupuestos y la crisis económica, se ha lanzado al diálogo en brazos de Ciudadanos y es capaz ya de llegar a acuerdos puntuales hasta con el PP. Estamos desescalando de la confrontación total a la fase uno. Incluso en algunos asuntos, como el sanitario, parece que hemos ya entrado en fase dos o tres.

 

En esta desescalada política, como en la sanitaria, hay que estar también atentos a posibles rebrotes. En la Comisión de Reconstrucción, que es en realidad un juego floral, a modo de ensayo, para la función crucial que va a ser la de la negociación de los presupuestos generales en octubre, los datos mejoran. Pero no acabamos de doblar la curva. Hay acuerdos en Sanidad con el PP y otros con Ciudadanos. El PSOE, todavía con algunos síntomas de no haber superado la enfermedad, vota primero con Bildu para derogar la reforma laboral y luego parece mejorar, se arrepiente y se apoya en el PP para rechazar esta derogación que Europa no va a consentir.  

 

Pero la mayor preocupación siguen siendo los anticuerpos que pueda generar el propio ADN de este Gobierno, que ha situado al comunista Santiago como vicepresidente de esta Comisión. Don Enrique, el negociador de las FARC, es un admirador confeso de los Castro y de ese régimen cubano cuya policía asesinaba hace unos días de un tiro por la espalda a un joven negro, Hansel Hernández, ante el atronador silencio de toda la izquierda mundial. Un silencio roto por un comentario de Pablo Iglesias en Twitter en el que expresaba su satisfacción tras haber visto la película 'Héroes', otro bodrio dedicado a ensalzar el régimen cubano. Se ve que al vicepresidente le sobra tiempo libre y que además no le basta con el culebrón que tiene en casa.

 

Y claro, con esos vicepresidentes, el de la comisión y del Gobierno, en la desescalada siempre surge un rebrote. El último es el acuerdo PSOE-Podemos para excluir a la educación concertada de las ayudas públicas. Insisto, esto son juegos florales y las decisiones de verdad se tomarán en los presupuestos. Pero siempre acaba saliendo ese tufo ideológico que contamina unas decisiones que deberían tomarse por razones de eficacia, buena gestión, reducción del gasto público y mejora del servicio al ciudadano.

 

El consenso sobre la Educación debería ser el primero de todos los consensos. No podemos seguir pariendo una nueva ley cada vez que cambiamos de Gobierno. Pero en este asunto es quizá donde primero se pone de manifiesto el sectarismo ideológico. Es la clave para el adoctrinamiento, tan bien expresado por la ministra cuando nos explicó antes de la pandemia que los hijos son de Estado y no de sus padres. Una lástima que cuando había que teletrabajar y los colegios estaban cerrados no se tuviese en cuenta ese revolucionario concepto. Más de un amigo me comentaba que estaba con ganas de llevar a sus hijos a Celaá, a ver si se hacía cargo de ellos unos días.

 

Una ministra, por cierto, que pese a su aversión a la escuela concertada y a los pines parentales, llevó a sus hijas a las Irlandesas de Lejona, cuando además era un colegio solo para niñas, segregado, como los llaman ahora. Consejos vendo que para mí no tengo.

 

El sistema de colegios concertados, diseñado por cierto por Felipe González, es un buen ejemplo de las ventajas de la colaboración público-privada. Permite libertad de elección, aumentar un 25% el número de plazas escolares y sostener un sistema educativo que el Estado por sí solo no tiene capacidad de garantizar. Según varios informes, las plazas en colegios concertados cuestan la mitad que en los colegios públicos. Es decir que ahorramos en impuestos, muchas veces a cambio de una mayor calidad y posibilidad de elegir distintas opciones.

 

Si seguimos con los prejuicios ideológicos, iremos de rebrote en rebrote. Igual que estamos buscando una vacuna eficaz contra el virus, tenemos que encontrar una contra el sectarismo y el odio a lo privado. Si queremos salir adelante y acabar con éxito esta desescalada política para poder superar la crisis, aprobar unos presupuestos, conseguir las ayudas europeas y volver a poner el país en marcha, tendremos que hacerlo con el apoyo y la colaboración de las empresas.

Comentarios

Arancha 03/07/2020 13:52 #1
Toda la razón, Don Diego

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