De mal gusto

De mal gusto

Por Miguel Ángel Fernández.

Mi obsesión estacional por ponerme moreno (y no pienso pedir perdón por ello)


Hay dos tipos de personas cuando llega junio. Las que hablan de hidratar la piel, usar protección solar y respetar el fototipo. Y luego estoy yo, mirando el espejo el primer día de playa y pensando: "Hay que hacer algo con este blanco nuclear".

Todos los años me pasa exactamente lo mismo. Es una especie de trastorno estacional que no aparece en ningún manual de psicología, pero que compartimos millones de españoles. Llega el buen tiempo y, de repente, el único objetivo vital parece ser coger color.

No hablo de terminar como Marcos Llorente, que juega en otra liga. Ese hombre no está moreno; directamente parece haber firmado un contrato de exclusividad con el sol. Uno ve sus fotos en Instagram y duda si ha estado entrenando o si ha pasado dos meses girando sobre sí mismo en una tumbona de Formentera, negando la mayor sobre los riesgos que eso conlleva. Yo soy bastante más modesto.

Mi aspiración consiste simplemente en dejar de parecer un folio recién salido de la impresora.

Lo divertido es que todos los años repetimos el mismo ritual. Empezamos diciendo que este verano vamos a ser responsables. Protección 50. Sombrero. Horarios razonables. Mucha agua. Y cuarenta y ocho horas después estamos preguntando en el chiringuito quién tiene aceite bronceador.

Porque, nos guste reconocerlo o no, en España el moreno sigue siendo un pequeño símbolo de éxito estival. Es como un currículum de las vacaciones.

Cuanto más color tienes, más parece que has descansado. Da igual que hayas estado teletrabajando desde el apartamento o respondiendo correos debajo de la sombrilla. Si vuelves con un buen tono de piel, todo el mundo asume que has vivido el verano como se supone que debe vivirse.

Y ahí empiezan las competiciones silenciosas. Ese amigo que dice que "solo ha salido a correr" mientras luce un bronceado caribeño. La compañera de oficina que asegura que "no toma el sol nunca" y aparece en septiembre con un color que ya querría una campaña de autobronceadores. El vecino que lleva una semana en la piscina y ya parece recién aterrizado de Punta Cana. Todos participamos, aunque nadie admita que participa.

Porque ser "el más negro del chiringuito", permítaseme la expresión tan castiza, sigue siendo una especie de deporte nacional. Luego está la parte estética.

No voy a fingir que el moreno no favorece. Favorece muchísimo. La camisa blanca parece más blanca. El lino queda mejor. Los pantalones beige cobran sentido. Incluso esa camiseta básica que en marzo parecía aburrida adquiere un aire de editorial de verano.

El bronceado tiene esa capacidad casi mágica de hacer que cualquier estilismo parezca más caro.

Por supuesto, la cabeza adulta recuerda constantemente que el sol envejece la piel, que hay que protegerse y que el bronceado saludable pasa por la prudencia. Y tiene toda la razón. ero eso no impide que cada verano vuelva a ilusionarme viendo cómo desaparece, poco a poco, el blanco invernal.

Supongo que porque el moreno no es solo una cuestión estética. Es el anuncio oficial de que el verano ya ha empezado. Es la prueba de que has cambiado la oficina por la terraza, el reloj por las sobremesas y los zapatos cerrados por las sandalias. Quizá por eso me sigue haciendo tanta ilusión.

No necesito parecer Marcos Llorente. Con que alguien me diga a finales de julio: "¡Qué moreno estás!", ya siento que el verano está siendo un éxito.

Y sí, probablemente dentro de unos meses estaré gastándome una fortuna en cremas para recuperar la hidratación de la piel. Pero ese ya será un problema del yo de septiembre.