19/07/2026
Un adiós en Villablino, una herida en todas las cuencas
Foto: Efe
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La tragedia ha vuelto a golpear las cuencas mineras con una realidad casi olvidada. Observo como por desgracia la familia minera vuelve a estar en el foco de la noticia a nivel nacional. A la mente de la ciudadanía vuelven recuerdos de lo que fueron muchas décadas de sobresaltos.
Cinco mineros perdieron la vida en Asturias. Y aunque hoy quedan pocas minas activas, lo que no se ha apagado es el sentimiento minero. Lo demostraron las calles llenas de vecinos en silencio, en cada rincón de las cuencas, incluso en aquellas donde la minería es ya solo un recuerdo, se sintió como propia la pérdida. Porque la mina crea una hermandad que no entiende de distancias ni de tiempos.
En el entierro, cuando las palabras ya no bastaban, fue la música la que habló, Santa Bárbara Bendita, se alzó entre sollozos y miradas. Era un canto de despedida, pero también de orgullo, de resistencia y de memoria. Como tantas veces, fue el eco de una historia compartida, de quienes vivieron con la certeza de que la mina les daba el pan, pero también podía quitarles la vida.
Un adiós en Villablino, donde más de 4.000 personas acompañaron a los fallecidos en la mina de Cerredo desde las cuencas mineras de Asturias, León y Palencia que hace aflorar recuerdos y sentimientos de miles de mineros, familias y comarcas. Para los que tenemos algún vínculo con las comarcas mineras no nos coge de sorpresa, representa la honradez, el esfuerzo, el orgullo y el compromiso de su gente.
Porque la minería nunca fue solo un trabajo, fue un modo de vida, una identidad heredada, un vínculo forjado en la oscuridad de la galería con el sudor y el sacrificio.
Hoy, las lámparas de carburo están apagadas, pero el orgullo minero sigue vivo en quienes hemos crecido en el entorno en una cuenca. Lo llevamos en la memoria de nuestros mayores, en el respeto por quienes se jugaron la vida para alimentar a sus familias y en la rabia de ver pueblos que un día fueron el corazón de la industria y ahora luchan por no desaparecer.
Se prometió una reconversión justa, un futuro alternativo para estas tierras. Pero la realidad es que, en muchos casos, lo que quedó tras el cierre de los pozos fue el desempleo y la desolación. Sin embargo, hay algo que no podrán cerrar nunca: la dignidad de quienes bajaban a la mina cada día con la certeza de que su esfuerzo no era en vano. Y esa herencia es la que les mantiene vivos hoy y siempre.
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