Pipafest, el festival del éxito rural
Cuando íbamos al colegio o al instituto, la palabra rural la estudiábamos indefectiblemente asociada al concepto de éxodo. Más tarde, cuando nosotros ya habíamos participado activamente de ese proceso, empezamos a escuchar ese concepto tan útil como cuestionable llamado 'la España vaciada'. De un modo u otro, durante años se nos ha explicado que la gente abandona los pueblos, se aleja de lo rural, y se concentra en núcleos poblacionales más grandes. Y todo queda ahí, en ese barbecho.
Por suerte, hay personas que se dedican a labrar donde otros, instituciones incluidas, solo ven un páramo yermo. Son personas como Víctor González, director del PipaFest de Villada, que este fin de semana celebró su cuarta edición. Pudimos asistir gracias al empeño del propio Víctor por contar con un espacio de entrevistas a los artistas, algo con lo que ni la gran mayoría de megafestivales cuenta. Sin embargo, no es lo único de lo que puede presumir este modesto festival rural y otros no.

Las palabras de Nacho Sarria en su actuación del viernes en el escenario Pinvisa son el ejemplo perfecto. El malagueño alabó reiteradamente el cariño, interés y trato que había recibido por parte de la organización desde que fuera seleccionado por Leiva para ser su telonero en varios conciertos. Entre ellos, el de Gijón, que compartía fecha con la jornada del sábado del propio del PipaFest. Esto hizo que su actuación se desplazara al viernes. Allá donde otros festivales hubieran tensado la cuerda con el artista, en Villada se comprendió la tremenda oportunidad que para Sarria suponía actuar con el amasijo de huesos de Leiva.
La perfecta organización, el cumplimiento de horarios, la rapidez de las barras, el dinamismo del evento, la participación vecinal, el ecléctico cartel, la zona de descanso y restauración, la gratuidad de gran parte del festival, la notable afluencia de público tanto viernes como sábado etc. se quedan cortos en comparación con la calidad humana de cada actor implicado en llevar a cabo un festival tan auténtico como rural. Porque sí, como señaló Sarria, cualquier palabra se queda corta para definirlo, pero cuando el trato a cualquiera que cruzara entre las alpacas y entrara en el recinto fue excepcional, se debe insistir en ello.

Desde el punto de vista más musical, el cartel era un privilegio tan grande como la posibilidad de contar con un evento así en mitad de Tierra de Campos. El sábado, El nido, Sobrinus y Colectivo Panamera en el escenario Facundo, y DridriDj y los artistas locales en el Pinvisa, ofrecieron actuaciones muy por encima del nivel medio de cualquier festival de formato reducido. Sin embargo, y también por la identificación con cualquier arista del evento, hemos de destacar el concierto de El Nido.
Debe de ser muy sencillo colaborar con personas que antes de su actuación están bailando jotas en el taller programado para inmediatamente antes de subirse al escenario. Y este mismo hecho evidencia que un festival rural no puede contar con alguien de manera más acorde que El Nido. Ya una vez sobre el escenario, fueron capaces de contagiar a cada asistente para acabar bailando y cantando todo, en un éxtasis de alegría y entusiasmo. El grupo nos hizo un poco más castellanos a todos los que allí estuvimos en el lugar más acorde para ello: un pueblo de menos de mil habitantes en mitad de campos eternos.
No sé hasta qué punto la despoblación del medio rural es algo subsanable. En los pueblos de Castilla está complicado porque los propios gobernantes no están interesados en frenar "la araña que los vació", que diría Cala Vento en 23 semanas. Sin embargo, lo que seguro se puede hacer es seguir apostando por la cultural y por lo autóctono, como hace la Asociación Camposadda en Villada.


