08/02/2026
Castilla y León, entre la espera y la responsabilidad
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El año político se cierra en Castilla y León con más interrogantes que certezas y con una sensación compartida de tiempo suspendido. Mientras el escenario nacional se ha ido definiendo entre pactos complejos, tensiones institucionales y una polarización creciente, la política autonómica ha quedado atrapada en una suerte de paréntesis, a la espera de que se despeje un horizonte que hoy sigue siendo incierto.
Los últimos acontecimientos a nivel nacional, junto con el resultado electoral en Extremadura -donde el Partido Popular ha logrado consolidar una alternativa de gobierno con apoyos parlamentarios-, vuelven a colocar sobre la mesa un debate que en Castilla y León permanece abierto desde hace meses: la necesidad de estabilidad, acuerdos realistas y responsabilidad institucional.
La ruptura del anterior gobierno autonómico dejó una Comunidad sin mayoría clara, con un Ejecutivo en minoría y con una oposición fragmentada, pero decisiva. Desde entonces, el debate político ha discurrido más por la confrontación retórica que por la búsqueda de consensos, en un contexto que exige justo lo contrario. Castilla y León afronta desafíos estructurales que no admiten dilaciones: la despoblación, el reto demográfico, la sanidad en el medio rural, la financiación autonómica, la competitividad del sector primario o la atracción de inversión y talento.
El ejemplo extremeño demuestra que, más allá de las siglas, los partidos están condenados a entenderse si quieren gobernar. Ninguna fuerza política puede permitirse convertir el bloqueo en estrategia permanente sin pagar un alto coste social e institucional. Los ciudadanos no demandan gestos ni discursos grandilocuentes, sino soluciones, certidumbre y una hoja de ruta clara.
Castilla y León necesita salir de la lógica del cálculo electoral permanente y entrar de lleno en una política de acuerdos útiles. No se trata de renuncias ideológicas, sino de asumir que la aritmética parlamentaria impone diálogo y pragmatismo. La alternativa al entendimiento no es la pureza, sino la parálisis.
Al cerrar el año, la Comunidad se encuentra ante una oportunidad: aprender de lo ocurrido, observar lo que sucede en otros territorios y asumir que gobernar implica, en muchas ocasiones, ceder para avanzar. El nuevo ciclo político que se abre en España debería servir también para desbloquear la situación en Castilla y León y devolver a la política autonómica el pulso que exige la realidad social y económica de la región.
El próximo año será decisivo. Y lo será no por el ruido, sino por la capacidad de sus responsables públicos para anteponer el interés general a la confrontación estéril. Castilla y León no puede permitirse seguir esperando.
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