26/01/2026
Un enjambre político que desorienta a la ciudadanía
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La política española atraviesa una etapa en la que el ruido parece imponerse a la gestión. Los asuntos de fondo se ven desplazados por polémicas diarias que enredan la conversación pública y desdibujan las prioridades reales del país.
En el seno del Gobierno, las discrepancias sobre la respuesta a la flotilla con destino a Gaza han vuelto a exponer las fisuras entre las dos almas del Ejecutivo. La política exterior, que exige coordinación y mensajes nítidos, se convierte así en un escaparate de divisiones internas que debilitan la credibilidad internacional de España.
En el otro lado del arco parlamentario, la derecha tampoco escapa a la controversia. El cruce de reproches entre PP y Vox en torno al denominado "síndrome postaborto" -una propuesta que los populares apoyaron en un primer momento para después rectificar- refleja la fragilidad de los consensos en cuestiones sociales sensibles. El episodio añade una nueva grieta a unas relaciones ya tensas entre ambos partidos, con consecuencias potenciales para la gobernabilidad autonómica y local. No en vano, Castilla y León se convirtió en la primera Comunidad donde ambas formaciones compartieron responsabilidades de gobierno, y lo que ocurre en esta tierra es observado en toda España como laboratorio de entendimiento -o de desencuentro- entre la derecha tradicional y la emergente.
A todo ello se suma la controversia judicial en torno a Begoña Gómez, cuya instrucción y eventual juicio con jurado popular reabren un debate sobre la exposición mediática de las causas que afectan al entorno más próximo al presidente del Gobierno. Una vez más, el terreno judicial se convierte en munición política, alimentando la confrontación en lugar de contribuir a la serenidad institucional.
El resultado de este cúmulo de disputas es un panorama que se asemeja a un enjambre de crispación: actores políticos enfrentados, discursos en escalada y una ciudadanía cada vez más perpleja ante la falta de espacios de entendimiento. En comunidades como Castilla y León, que padecen problemas estructurales de largo recorrido -despoblación, envejecimiento, desequilibrios territoriales-, este clima de confrontación nacional añade un elemento de incertidumbre. Los ciudadanos no encuentran en el debate político propuestas claras para garantizar servicios básicos en el medio rural, retener talento joven o impulsar la modernización económica de la región.
España necesita menos gesticulación y más certezas. Menos confrontación y más responsabilidad. La política, en última instancia, debería estar al servicio de los ciudadanos, no de las disputas partidistas. Y Castilla y León, como tantas comunidades, necesita que los grandes partidos recuperen el sentido de Estado y la capacidad de acuerdo para que la crispación no siga ocupando el espacio que debería corresponder a la solución de los problemas reales.
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